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Alabemos a Dios que nos redime y pidamos perdón por nuestra pequeñez

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Oración de alabanza, gloria y acción de gracias a Dios uno y trino, creador y salvador: Al Señor de los dolores, Consolador

La flagelación de Jesús es un episodio claro del cumplimiento de muchas profecías en Él, empezando por las de Isaías LII,13-LIII,12

La flagelación de Jesús es un episodio claro del cumplimiento de muchas profecías en Él, empezando por las de Isaías LII,13-LIII,12

Les dejo una oración, para rezarse en varios días, yo digo que como novena, la “Novena de la Fe y la vida cristiana”, que recoge mucho de todas mis meditaciones y de lo mejor de lo que he leído entre santos, pastores, autores de espiritualidad, teólogos y filósofos, desde el día de mi “gran conversión”. Espero que esto sirva un poquito, aunque sea a alguien, a elevarse hasta la esencia divina y a encontrar en su vida al orden natural, Voluntad de Dios, y al orden de la Gracia, vida misma de la Trinidad, en nuestros corazones, que no anula la naturaleza, sino la perfecciona y la eleva, como dice Santo Tomás. Hoy los dejo con la cuarta entrega:

1.- Pasión del Señor, nuestra pequeñez de espíritu y la contrición y el agradecimiento

Señor Jesucristo, Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, siervo sufriente, que triunfó, que fue ensalzado, enaltecido, encumbrado, suma Belleza subsistente, que, por nosotros, tuviste a bien quedar tan desfigurado que muchos se horrorizaron de Ti, pues no tenías aspecto de hombre ni apariencia de ser humano[i], hoy venimos compungidos, por todas nuestras infidelidades, que son las que te han puesto así. Queremos pedirte perdón por ellas, pero, más que nada, porque somos tan fríos y pobres de espíritu, que no vemos cómo nuestra iniquidad te ha desfigurado. Nos parecen nimiedades nuestros pecados, nuestras ofensas a un Dios tan bueno, a un Dios que se hizo niño inerme, que vivió oculto a tal punto, en su humildad, que sus propios familiares lo creyeron loco, cuando asumió, en su vida pública, su misión salvadora abiertamente; “un Dios que conoció la tentación y del amigo la traición”; un Dios que nos mostró el amor más grande. Nos parecen nimiedades mentir, airarnos y ofender a nuestros hermanos los hombres; nos parecen naderías faltar a la cita semanal que nos propone la Iglesia con tu Sacrificio perfecto de alabanza y acción de gracias al Padre, con que nos redimes; nos parece insignificante estar allí sin poner ninguna atención al Misterio que se realiza; nos parece una tontería, una fruslería, el dudar de tu Palabra santa y del Espíritu que anima a tu Iglesia; nos parecen futilidades la calumnia y la infamia que proferimos; minucias, el consentir en deseos y pensamientos impuros; menudencias nuestras gulas, nuestro tomar lo que no nos corresponde, nuestra envidia, nuestros deseos de mal. Para nosotros, son futilidades todas las veces que ponemos cualquier sueño de oropel y baratijas sobre tu Amor y Bondad infinitos. No queremos hablar de nuestras más grandes traiciones, queremos decirte que nuestra liviandad y nuestra soberbia, junto a nuestra ignorancia y nuestra mezquindad de espíritu, no permiten que veamos realmente como somos, como Tú eres, el horror de nuestros pecados, la impiedad contra Ti, el rebajamiento al que nos sometemos, la injusticia con nuestros prójimos, con toda la creación y con tu Iglesia y la comunión de los santos. Somos pobres seres, Dios mío, nos creemos con derecho a todo y con patente de corso para poner cualquier medio a fin de procurarnos lo que creemos merecer, en la peor contradicción, sin ningún mérito. Si no fuera por tu infinita Misericordia, moriríamos mil muertes y viviríamos mil infiernos, por mil eternidades; y eso sí sería nuestra porción exacta. Te pedimos, Señor, que nos otorgues la sensatez, la Fe y la sabiduría sobrenatural para conocer nuestras faltas por lo que son y lo que dañan, que nos sepamos capaces de ellas y de toda maldad, si Tú nos dejaras, que sepamos que no merecemos nada, sino que todo bien que tenemos –y son muchos– proviene de tu generosidad y misericordia. Concédenos, Dios nuestro, el consecuente espíritu de agradecimiento, una profunda contrición sincera y un firme propósito de no volver a ofenderte nunca más.


[i] Isaías, LII,13.

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