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Alabanza a Dios, por la Cruz y su Grandeza; perdón por la soberbia humana

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Oración de alabanza, gloria y acción de gracias a Dios uno y trino, creador y salvador:

Saurón, imagen literaria de la voluntad de poder humana, intento de usurpación del lugar de Dios
Saurón, imagen literaria de la voluntad de poder humana, intento de usurpación del lugar de Dios

Les dejo una oración, para rezarse en varios días, yo digo que como novena, la “Novena de la Fe y la vida cristiana”, que recoge mucho de todas mis meditaciones y de lo mejor de lo que he leído entre santos, pastores, autores de espiritualidad, teólogos y filósofos, desde el día de mi “gran conversión”. Espero que esto sirva un poquito, aunque sea a alguien, a elevarse hasta la esencia divina y a encontrar en su vida al orden natural, Voluntad de Dios, y al orden de la Gracia, vida misma de la Trinidad, en nuestros corazones, que no anula la naturaleza, sino la perfecciona y la eleva, como dice Santo Tomás. Hoy los dejo con la quinta entrega:

Alabemos, demos gracias y pidamos perdón por la grandeza de Dios, sus sufrimientos en la Cruz y la soberbia humana, que, teniendo que anonadarse, quiere usurpar el lugar de Dios

2.- La Redención y el dolor

Oh, Señor Jesús, Dios nuestro admirable, con tu sufrimiento, asombraste a muchas naciones, por tu causa, los reyes y dirigentes de las naciones cerraron su boca, al ver lo que nunca les habían narrado y contemplar lo que jamás habían oído[i]. Creciste “ante Él como un pimpollo, como raíz en tierra seca; no hubo en Ti parecer ni hermosura que atrajera la mirada ni belleza digna de complacencia. Despreciado y rechazado de los hombres, varón de dolores, avezado al sufrimiento, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciado, ni te tuvimos en cuenta […]. Y nosotros te tuvimos por castigado, herido de Dios y humillado”[ii]. Tus dolores fueron horribles, Dios mío, fuiste molido por nosotros, te herimos hasta la muerte y sólo quedaron sanos tus huesos, para que se cumpliera la profecía: “han taladrado mis manos y mis pies, puedo contar todos mis huesos y ellos me miran y contemplan”[iii]. Pero, además, te despreciamos, nos burlamos de Ti, te abandonamos, nos creímos más que Tú y capaces de afirmarnos, desdeñándote completamente. Ésa es nuestra historia, la historia del hombre, una en que Tú nos buscas y te entregas, abajándote hasta nosotros y amándonos hasta la muerte; unos pocos de nosotros acogiéndose a Ti completamente; otros de manera más o menos mediocre; y muchos creyendo que se hacían más, pretendiendo negar, lanzándose al abismo de la nada, lo innegable: que dependemos de Ti totalmente.

Ante la angustia de un mundo marchito por el pecado, devastado por sus consecuencias nefastas, Señor, estamos todos. Vivimos en el miedo, Padre santo; el dolor llena todo, atraviesa nuestras entrañas. No sabemos qué hacer, abandonándote a Ti, no hay a quién acudir. Surgen brujos y falsos profetas con ensalmes y muestran su impotencia, juguetes del maligno, sucedáneos malditos, que nos formamos en nuestra vileza; y, contumaces, nos mantenemos volviendo una y otra vez, a los mercaderes del dolor, semidioses seculares, magos antiguos y modernos, con sus pócimas nefastas, que agotan nuestra savia vital. La muerte nos devorará, el paisaje que conocemos y todos nuestros amados desaparecerán. Todo es pasajero, todo es vanidad, vanidad y vejación del espíritu[iv]. En ocasiones, aparecen duras pruebas a nuestra realidad finita y dependiente en el ser y nuestra naturaleza herida: aparecen dolores, enfermedades y tragedias que no podemos soportar, sobre todo cuando se prolongan en el tiempo, Señor, o arrasan con nuestras fuerzas y lo que creíamos daba sentido a nuestro existir terrenal.

Pero Tú, Tú, gran Amigo, Peregrino de la esperanza, consuelo de los desamparados, fortaleza de los débiles, victoria de los impotentes, Tú, no podías dejar a un lado a los que con semejante Sacrificio redimiste. Tu Redención no es un más allá, aunque allá quede consumada; tu Redención es levadura y fermento. Tú “tomaste sobre Ti nuestras enfermedades, cargaste con nuestros dolores […]; fuiste traspasado por nuestras iniquidades, molido por nuestros pecados”. Y “el castigo, precio de nuestra paz, cayó sobre Ti; y, por tus llagas, hemos sido curados”. Nosotros, todos, “andábamos errantes como ovejas, cada uno siguiendo su propio camino, mientras Tú, Señor, cargabas sobre Ti la culpa de todos nosotros”[v]. Tú no redimiste para dejarnos presos, presos de nuestros enemigos, de nuestros enemigos más acérrimos y, en realidad, en la hora definitiva, verdaderos: el demonio, el pecado, el dolor, el mundo, la muerte. Más bien, con tu Resurrección, los has vencido a todos. Cuando “fuiste maltratado y te dejaste humillar y no abriste boca; como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los esquiladores, y no abriste boca”[vi]; ahí, Señor magnífico, precisamente, cuando “dispuso el Padre quebrantarte con dolencias”[vii], llevaste a término el designio del mismo Padre, que hiciste prosperar[viii]. Así, justificaste a muchos[ix]. Abriste el cielo a estos pobres mortales, a estos traidores, para convertirnos en justos. Por eso, Salvador excelente, cantamos, usando palabras inspiradas por tu Espíritu: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo [la Iglesia] y suscitó a favor nuestro un poder salvador en la casa de David, su siervo, como había prometido por la boca de sus santos profetas desde antiguo, salvándonos del poder de nuestros enemigos y del poder de todos los que nos aborrecen, para hacer misericordia con nuestros padres y acordarse de su santa alianza, el juramento que juró a nuestro padre Abraham, nuestro padre, darnos, para que, sin temor, libres del poder de los enemigos, le sirvamos en santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días […]. [Das] a conocer la salvación a tu pueblo, con la remisión de sus pecados, por las entrañas misericordiosas de nuestro Dios, en las que nos visitará el Sol que nace de lo alto, para visitar a los que están sentados en tinieblas y sombras de muerte, para enderezar nuestros pies por el camino de la paz”[x].

Así, oh Jesús, en tu inescrutable Sabiduría, has convertido a un antiguo enemigo, disuasivo de los que quieren obrar el bien y causa frecuente del engaño ateo: el dolor, en el más inverosímil y, a la vez, el más potente de los aliados. “Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por el bien de su Cuerpo, que es la Iglesia”[xi]. El dolor, la enfermedad, la debilidad, ya no es signo de maldición, es poder divino de redención. Y, más todavía, por tu Sabiduría insondable, es deificación: “Señor, te preguntarán, ¿cuándo tuviste hambre y te dimos de comer, tuviste sed y te dimos de beber, fuiste peregrino y te acogimos, desnudo y te vestimos, preso o enfermo y te visitamos?” A lo que das tu respuesta imponente: “en verdad os digo que cada vez que lo habéis hecho con cada uno de estos pequeños, hermanos míos, lo habéis hecho conmigo”[xii].

Y, en el propio plano natural, nos has revelado, para suplir nuestra debilidad, incluso para escrutar nuestro ser: “nos gloriamos en las tribulaciones, sabedores de que la tribulación produce la paciencia; la paciencia, una virtud probada; y, la virtud probada, la esperanza”[xiii].

De este modo, eximio Salvador, el pecado, el dolor, el demonio han sido vencidos por tu gracia. Y sólo queda la muerte, que será el último enemigo en ser vencido, pero, por la certeza en la resurrección, que nos da la tuya, ella también “ha sido sorbida por la victoria, ¿dónde está, oh muerte, tu aguijón?, ¿dónde está, oh muerte, tu victoria?”[xiv].


[i] Isaías, LII,15.

[ii] Ibíd., LIII,2-4.

[iii] Salmo XXI,17-18.

[iv] Eclesiastés, IV,6.

[v] Isaías, LIII,4-6.

[vi] Ibíd. LIII,7.

[vii] Ibíd., LIII,10.

[viii] Cfr. Ibíd.

[ix] Ibíd., LIII,11.

[x] San Lucas, I,68-79.

[xi] Colosenses, I,24.

[xii] San Mateo, XXV,37-40.

[xiii] Romanos, V,3-4.

[xiv] I Corintios, XV,55.

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