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Adoremos, demos gracias y pidamos perdón a Dios Salvador y fuente de bienes que nos superan inconmensurablemente

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Oración de alabanza, gloria y acción de gracias a Dios uno y trino, creador y salvador:

A Santa Faustina, en esta época tan desoladora, Dios le hizo una revelación especial, un paso más en el significado de la misericordia divina, una imagen más completa del corazón del Redentor

A Santa Faustina, en esta época tan desoladora, Dios le hizo una revelación especial, un paso más en el significado de la misericordia divina, una imagen más completa del corazón del Redentor

Les dejo una oración, para rezarse en varios días, yo digo que como novena, la “Novena de la Fe y la vida cristiana”, que recoge mucho de todas mis meditaciones y de lo mejor de lo que he leído entre santos, pastores, autores de espiritualidad, teólogos y filósofos, desde el día de mi “gran conversión”. Espero que esto sirva un poquito, aunque sea a alguien, a elevarse hasta la esencia divina y a encontrar en su vida al orden natural, Voluntad de Dios, y al orden de la Gracia, vida misma de a Trinidad, en nuestros corazones, que no anula la naturaleza, sino la perfecciona y la eleva, como dice Santo Tomás. Hoy los dejo con la tercera entrega:

IV.- Adoremos, demos gracias y pidamos perdón a Dios Salvador

“Cuando por desobediencia perdimos tu amistad, no nos abandonaste al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca”[i]. Cuando nuestros padres te desobedecieron, Padre de todos y sólo de Uno, tenían su naturaleza intacta; pero, en el colmo de la generosidad, les habías dado también gracias superiores a nuestra propia naturaleza. Por su culpa, por su sublevación, cuando, en cuanto humanos, de nada carecían, ni corporal ni espiritualmente, hirieron la naturaleza misma, a la humanidad, y perdieron los dones más altos. Esa maldición no se las diste como algo posterior, se la dieron ellos, por su soberbia. Pero, ahora, todos, por herencia, recibimos esa herida y fuimos privados de los dones, que ya no tenían para transmitirnos. El universo sensible, creado para darte gloria, para que nosotros, “llenos de alegría, y por nuestra voz, las demás criaturas, aclamáramos tu Nombre cantando”[ii], fue atravesado por la daga de nuestra traición. Muerte, cansancio, dolor, miedo, ignorancia y desorden son nuestra herencia justa, Señor. Pero, Tú, Misericordia infinita, no nos dejaste para que fuéramos pura maldición. Nuestra inteligencia permaneció capaz de encontrarte; nuestra voluntad siguió pudiendo amarte y amar a los demás hombres y vivir con ellos; el mundo siguió dándonos sus frutos, aunque para ello tuviéramos que fatigarnos. Pero, en un derroche de amor, regalaste Israel al mundo no para su propia glorificación, sino para ayudar nuestra ignorancia con la Fe en tu Palabra, transmitida por el Espíritu, “que toma de lo Tuyo”[iii], para dárnoslo a nosotros. Y, en el colmo de la generosidad inenarrable, rayana en la prodigalidad, tu Hijo tomó nuestra naturaleza para, luego de enseñarnos lo que habíamos de hacer y creer, revelándonos tu esencia trinitaria, ofrecerte “un sacrificio sin manchas, desde donde sale el Sol, hasta el ocaso”[iv], un sacrificio perfecto, infinito, de alabanza a Ti, Padre, para pagar nuestra deuda, que ponía distancia infinita entre Ti, nuestra única respuesta, y nosotros, nadas totales. No te hiciste un ángel, Señor, te hiciste hombre y casi se revienta el corazón y todo nuestro ser, en deseos de acción de gracias y alabanzas sin fin.

Pero, para que ya el anonadamiento fuera total, nos dejaste a tu Iglesia, Sacramento de tu Voluntad salvadora en la Tierra, para que administrara tu gracia salvífica, Voluntad inquebrantable de perdón y beneficio gratis, sin ninguna medida. Porque es feliz nuestra culpa, Salvador nuestro, por habernos merecido tal Salvador[v]; donde hubo pecado, sobreabundó la gracia[vi]. Tu gracia es infinita, Jesús mío, y nuestros pecados sin cuento son nada frente a tu Sacrificio, los pecados de todos son nada, comparados con tu regalo, todos podemos salvarnos, acogiéndonos, así sea al final de una vida horrenda, a tu Redención. Y tu Iglesia, tu Cuerpo Místico, administra semejante caudal; y Tú permaneces a su Cabeza, pero, como sabes de nuestra debilidad, nos dejas el servicio primacial de unidad del sucesor de Pedro en la Sede de su martirio, del Santo Padre, el Papa, con la asistencia de tu Espíritu, Vivificador de tu Cuerpo, unción espiritual. Pero dejas, en Ella, mucho más. Dejas a tus santos, testigos de la eficacia de la gracia, héroes a admirar e imitar, amigos fieles, intercesores ante el Rey. Dejas el depósito de la Fe; y la unidad inmarcesible en ella y en la continuidad de la sucesión apostólica, que nos haces cognoscible por la historia. Dejas tus sacramentos, por los que recibimos todo lo que necesitamos. Dejas una gran tradición de oración y vida espiritual, plasmada en todos los libros de los grandes místicos, pero, por sobre todo, en la santa Liturgia de la Iglesia, campo preferido de vivificación de tu Espíritu. Dejas a tu Santísima Madre, más que uno cualquiera entre los santos, siquiera el más grande de todos, Madre de Dios y nuestra, Reina, asociada a la Redención, intercesora irresistible para Ti. Pero, por sobre todas las cosas, te quedas Tú, de mil formas, pero la más asombrosa, ésa por la que estás con tu Cuerpo, tu Sangre, tu Alma y tu Divinidad: la Eucaristía; en la que, llegando al colmo de los colmos, nos das una participación especial tuya, en la Comunión.

Y, después de considerarte, Creador, Padre y Redentor nuestro, después de meditar en tu Misterio y en lo que has hecho por nosotros, lo que podemos acometer sólo por tu infinita bondad, que te hace abajarte a un ser tan bajo como yo, debería quedar sólo el silencio y la muerte. Pero, ante nuestra pequeñez, incapaz de ponderar realmente, con su corazón, las verdades que hemos enunciado, nos queda adorarte, alabarte, darte gracias por Ser tan bueno en Ti mismo y con nosotros; ofrecerte nuestra vida y todo lo bueno que podamos hacer; y pedirte perdón por todas nuestras faltas, por las que ofendemos a semejante Bien, Creador, Salvador y Cabeza de su Cuerpo Místico y Sacramento de su Salvación en este mundo mortal.


[i] Plegaria Eucarística número IV.

[ii] Ibíd.

[iii] San Juan, XVI, .

[iv] Salmo, CXIII,3, Plegaria Eucarística III.

[v] Pregón Pascual.

[vi] Romanos, V, 20.

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