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“Yo lo perdí todo en la ruleta”. “Yo boté la educación de mis hijos en el póker”

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Un apostador compulsivo se lamenta, luego de perder enormidades, en una serie infinita de probabilidades altamente adversas

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Una mañana de febrero, vamos en el autobusito, pletóricos de esperanzas, muchos, yo, en lo particular, lleno de curiosidad. En parte, porque soy, fácilmente, el más joven de todo el grupo. Voy muy contento, pues voy a hacer una especie de estudio “psico-sociológico-filosófico”, y voy a experimentar yo mismo… y todo es casi gratis. No tengo ni idea de qué sucederá, de cómo será la vivencia. Hay, ¿cómo no?, eso parece inevitable, un gusanito que, desde mi estómago, bailando, canta: “¿y si ganamos…? Si yo fuera rico, viaja-divi-divi-da… ¡NO TENDRÍA QUE TRABAJAR!”. El autobús es un “servicio generoso” de los casinos de Donald Trump, reyezuelo de Atlantic City, que se debería llamar “Casino City”, porque no se ve que tenga más que estos edificios-sepulcros blanqueados… y, a un lado, sí, el Atlántico, al que nadie presta atención ya: la naturaleza, así sea presentada en tanta magnificencia, es poca cosa para los que llegan con sueños de riqueza. A mí, investigador “académico” (lo que significa que, a propósito, fui con el dinero del autobús), me picó el gusanito, ¿qué poder tendrá ese gusanito, que hasta en la casi imposibilidad fáctica ataca? SILENCIO – SILENCIO – 9 HORAS DE SILENCIO. 9 horas de silencio… en el interior de los bolsillos; de jolgorio, en el interior de las arcas de un magnate, que se aprovecha de la debilidad del prójimo. SILENCIO DE 9 HORAS. Es de noche, ¡arriba!, de regreso en el autobús, una jornada de estudio, viví una vez lo que no pienso repetir. Vi todo, la ruleta, las maquinitas, las meseras, a las 10 de la mañana, con sus licores fuertes, para engrasar el ánimo, motor de todas las ruedas de la fortuna. Vi los shows de bailarinas, de lejos: ya quería, a veces, conservar mi pureza. Vi a los frenéticos; vi a los pantalleros, a los que gustan que los vean, a los que se creen mucho, que se las echan de grandes cosas, dilapidando sus vidas, mientras arrasaban sus patrimonios. Ahí estaba mi atención los primeros 5 minutos, desde que volví al autobús. Luego comenzó ese terrible clamor: how much did you lose? No recuerdo ninguna cifra, se me grabó, sin embargo, el verdadero “cuánto”, que algunos confesaron: “los ahorros de 5 años”, “la pensión de mi esposo”, “una buena parte de la educación de mis hijos”… paremos de contar. Que el dolor llene las brechas. Eso hace el dolor. Y el dolor enseña. Y el dolor cura. “No lo vuelvo a hacer”: ¿será verdad? No siempre…

Amigos, el relato es verdadero, es verdad que yo lo viví. En un autobús del Taj Mahal de Donald Trump, en Atlantic City. En verdad, es mi experiencia más cercana a este vicio, que no conozco mucho. Creo que el subtítulo resume mucho de su raíz antropológica. Se trata de gentes que se esperanzan de manera muy estúpida y, sobre esa base, se lanzan a desperdiciar lo que lograron con tremendos esfuerzos. Por otra parte, aunque muy mezclado con lo anterior, está ese deseo de peligro que a veces nos embarga, esa curiosidad insana, mezclada con deseos de emociones fuertes, frenesí. Una motivación adicional e inseparable de la anterior, es decir, que, siempre que se da, conlleva a la otra, aunque en el sentido contrario no sea así, es el deseo de mostrar la propia habilidad, de probarla y salir airoso, un poquito, una gota, de voluntad de poder. No se distingue mucho el deseo de peligro ni, por tanto, el amor de la propia habilidad lúdica, de los que quieren realizar retos al peligro, por el solo deseo de “sentir la adrenalina”: saltar en bungy o en paracaídas o en parapente o… En el último fondo, toma una de las tres motivaciones o coge a dos de ellas o a las tres, lo que encuentras es ese tremendo vacío del corazón del hombre, cuando se ha desbancado al Infinito de su puesto. Hay que pulverizar la avaricia, para acabar con este flagelo. Pero hay que oír a San Agustín: “nos creaste para ti, Señor, e inquieto está nuestro corazón hasta que descansa en ti”; o a Hölderin: ¿quieres emociones?, “vive en lo profundo quien piensa en lo profundo”. Mientras tanto, no seamos tontos nosotros y démonos cuenta de cómo han proliferado las facilidades para explotar esta debilidad del prójimo, de cómo está de moda, de cómo los gobiernos dejaron de defender a los débiles (en este caso, de carácter), de cómo ha aumentado el número de éstos en el mundo de hoy: un progreso sin límites, sin dudas. ¿Qué podemos ver? Hay algo que coincide: se desbanca al Infinito, en el mundo de la increencia, se instala el frenesí y el aturdimiento y el deseo vano de vanidades, se inquieta el corazón y no descansará hasta que Él vuelva.

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