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Un lente del Infinito, un lente con luz propia

Serie sobre el amor en José Luis Perales, 2

Juan Pablo II, conoció la verdad, amó, perdonó, fue máximamente libre, alcanzó la medida de lo humano

Juan Pablo II, conoció la verdad, amó, perdonó, fue máximamente libre, alcanzó la medida de lo humano

Qué bellas son las canciones de Perales sobre el amor, ¿verdad? La primera estrofa de Por amor me recuerda al texto más clásico, más querido por mí, sobre el amor: El Principito y su relación con el zorro: la vida cobra sentido cuando te “domestican”, cuando formas una relación, un vínculo, propiamente personal, “es hermosa”, ahí se nos da la medida de nuestro valor, nos reconocemos, reconocemos nuestra personalidad, al ver a nuestro alter ego, nuestro amigo, nuestro querido. El paisaje, los campos de trigo, del color del pelo de El Principito, cobra color, color que dice algo, que evoca el sentido hondo, íntimo de esa relación que nos revela a nosotros mismos, esa relación personal que es precursora especial de Cristo, “que revela el hombre al propio hombre”. “Es hermoso entregarse por entero a alguien, por amor, por amor”: qué sublime, otra vez, hemos quedado, como dice, más o menos, Pablo Milanés, “desnudos, con [una] razón”: “Más aún, el Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros también somos uno (Io 17,21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et Spes, 24). Perales da en el clavo y lo hunde, como esas flechas de Santa Teresa, hasta el fondo mismo: somos imagen de Dios, porque somos para el amor y para un amor que se entrega, hasta la unión plena, sólo posible entre esposos esforzados y virtuosos, cuyo vínculo está hecho de Dios: así es bella toda una vida: dos viejitos, 60 años de entrega, sabores y sinsabores, todas las bonanzas, todas las borrascas, todo, juntos pa lo que salga, para que el “tú y yo” valga. Entonces, ¿es verdad o no, es o no “hermosa la vida cuando uno se entrega por entero a alguien, por amor, por amor”…?

Como comienza Aristóteles su gran tratado sobre el amor y la amistad, los libros VIII y IX de la Ética a Nicómaco: nadie escogería vivir sin amigos, ellos son apoyo y compañía en toda circunstancia, ellos nos suplen en la enfermedad y la vejez, ellos nos asisten en los problemas; ellos son los compañeros en los que satisfacemos una gran necesidad nuestra: el compartir las alegrías, los éxitos, las victorias. ¿Y cuánto nos gozamos, en el amor, cuando son ellos los victoriosos, cuando están alegres; cuánto es nuestro bien su bien? Oh, hermanos míos, cómo nos duele cuando un amado está mal, cuando sufre; pero qué alegría cuando vence al mal, qué alegría si nosotros lo ayudamos en eso. Qué alegría es salir de sí y ver sólo a otro, a otro que nos saca de nosotros; qué bueno es “fundirse”, qué bueno es hacerse uno con otro, qué grande es el amor. A veces peleamos, a veces, nosotros somos el problema de algún amigo o viceversa, qué bello es el perdón, qué verdadero, cuánto responde a lo que somos, a nuestra fragilidad: a veces somos débiles o tontos o, simplemente, malos, egoístas, todos caemos, así sea, alguna vez: el perdón, la enseñanza suprema, del Hombre supremo, en el momento supremo: “Padre, perdónalos…”, eso es lo mejor, es mejor, es mucho mejor. Qué fea es la alternativa, el rencor, la venganza, la ruptura… la ruptura, ay, las rupturas, las de rupturas: cuántas vidas rotas y descalabradas… “Es mejor perdonarse que decir lo siento”, es mejor seguir siendo unos, fundirnos, verternos en el otro, que es yo, que es mi bien.

Así, podemos vivir una vida feliz, una vida en que cualquier cosa que el mundo llame “gran bien” sea paja y menos que paja; una vida en la que lo que importa es trascender, en la virtud, con los amigos, con los amados. Tomar la Cruz de cada día, negarse a sí mismo. Ser libres de verdad, desechando todo odio, todo resentimiento, todo lo negativo. El amor es libertad: “Por amor, es fácil renunciar y darlo todo sonriéndote. / Por amor, es fácil abrazar a tu enemigo sonriéndole. / Por amor es más fácil sufrir la soledad. / Por amor es más fácil vivir en libertad”. Sobran las palabras.

Sólo una cosa más. Los que aman besan… bellamente; extienden sus manos, con generosidad, es decir, bellamente. Cuando se ama, cuando se ama de verdad, cuando el corazón está en la virtud, con humildad y generosidad, los ojos están limpios, ven todo lo bueno, no se cierran a nada, a nada noble, quiero decir: “son hermosos los ojos cuando miran todo con amor, con amor”…

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