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Un redneck llamado Forrest Gump, un no-tonto en la cima del mundo

Un milagro hace que Forrest corra y es impulsado por su amor, su velocidad le abre las primeras puertas, luego vendrán muchas más

Un milagro hace que Forrest corra y es impulsado por su amor, su velocidad le abre las primeras puertas, luego vendrán muchas más

Cuando se habla de Forret Gump, se habla de una gran película, una película que dice mucho de la historia de Occidente en el período clave de 1955 a 1982. Ahí se decidió mucho el destino de nuestro mundo contemporáneo y los realizadores, desde el autor del libro en el que se inspira el film (Winston Groom, que, por razones de comodidad, dejamos ahora de lado), tuvieron la fortuna o la penetración de miras para entenderlo. Era 1994, no era fácil, pero así fue.

Comienza en la época previa a la gran revolución de los 60 y 70; se trata del período en que comienza la guerra por los derechos civiles, precisamente en la Alabama de Forrest; es el tiempo de los grandes hechos que abrirán la puerta a la revolución sexual: la publicación de los trabajos de Kinsey (1948 el de los hombres y 1953 el de las mujeres) y la decisión Roth vs. USA, sobre la pornografía; surge el Rock and Roll; es la época previa al Concilio Vaticano II; la época posterior a la guerra de Corea; son los tiempos de los beats y los beatniks; aquéllos en que se da la gran transformación urbana que barre los antiguos barrios (católicos, mayormente) de las grandes ciudades de los Estados Unidos y en la que se da la migración de los negros del sur a las urbes del norte; la época en que comienza la carrera espacial y está en sus primeras etapas la Guerra Fría; es la época de la “revolución cultural” china, la de Mao; la de la  muerte de Stalin y el discurso de Nikita ante el partido comunista ruso sobre el personalismo de su antecesor. Es la época de la preparación. Termina en esa época de cambios también radicales, aunque muy distintos, que es el comienzo de los 80, con el SIDA, Reagan, Gorbachov y Juan Pablo II dominando el panorama internacional; el enfriamiento de la disco music, el surgimiento de Michael Jackson, Cindy Lauper, Madonna; la continuación del Rock y de las mutaciones de la música “africa-american” urbana; comienza la época de los yuppies. Aunque la película ya no se asoma a estos fenómenos, sólo el SIDA, que contrae Jenny, y los disparos a Reagan.

Pero, aunque Forrest Gump sea una historia de los Estados Unidos, no es sólo eso. Tiene una trama, sobre un personaje, que podía sostenerse sola, bastante mejor que Desde el Jardín, pues Forrest es un personaje amable, muy diferente de Chance the Gardiner. Forrest tiene un éxito increíble por la suerte, pero también por su impresionante bondad, como cuando salva a todo su escuadrón en Vietnam. Y, todavía, es mucho más. Es una tremenda historia de amor. Y es una poesía a la relación entre Providencia, libertad, suerte y demás candidatos a ser la dirección de los eventos mundanos: una poesía bastante bien lograda por ese medio enigmático: la pluma. Es una tremenda pieza de cine, de efectos especiales, actuación soberbia, cinematografía, escenografía, proporciones muy grandes, a partir de cosas pequeñas, edición y dirección. Es una obra de arte. Puedes no estar de acuerdo con muchas de las cosas que suceden en la pantalla, pero tienes que reconocer que es una obra de arte. Con tantos matices, da un poco de lástima cuánto se ha centrado la atención en las visiones políticas e historiográficas expresadas en el film, teniendo tantos aspectos. Y siendo algo de destacar cómo todo esto fue integrado en una sola obra.

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El 1° de enero de 1955, nadie podía adivinar que venían los enormes cambios que se estaban gestando en el mundo de entonces y que en mucho menos de una generación iban a cambiar la cara de este planeta, iban a mostrar cuán mustia se hallaba una civilización, cuánto poder conservaba, cuánta capacidad de dominación podía desplegar. El mundo estaba abriendo “una caja de chocolates” y “mama siempre me decía, uno nunca sabe qué va a encontrar en una caja de chocolates”. La pluma, que se había agitado poco, desde la Guerra de Hitler, Hirohito y Stalin y los demás, se lanzaba al aire; quizás en Montgomery, Alabama, donde una señora negra llamada Rosa Parks comenzaba un boicot contra el sistema de transporte público de la ciudad, dando inicio a la guerra por los derechos civiles, vale decir, por el voto, de los estadounidenses de color. A poca distancia de allí, otra caja de chocolates se abría, cuando un niño “sub-dotado”, Forrest Gump, con un coeficiente intelectual de 75 y piernas con necesidad de aparatos ortopédicos correctores, en su primer día de colegio conocía a la que sería su inspiración de por vida: la dulce Jenny. Ambas cajas de chocolates compartirían mucho, en los siguientes 27 años.

Forres era hijo de una mujer extraordinaria, con muchos defectos, pero con un brillo escondido, dispuesta a todo por él. Ella proveía para los dos, con una pensión, principalmente para viajeros, lo que permitió a Forrest dar una primera aportación a la caja de chocolates del mundo: con sus piernas defectuosas y cosidas a unas barras de metal, al ritmo de la música de un muchacho huésped, Forrest se movió de manera extraña, emocionado. Días más tarde, ese muchacho, Elvis Presley, saltaría a la fama, con esa música y los movimientos de Forrest, que lo vio en tv imitándolo; por sólo un segundo: Mama apostilló: “hay cosas que los niños no deben ver en la tv”. Este cuento, la relación entre las dos cajas de chocolate, cómo la pluma movía al mundo, mientras era arrastrada por un viento, lo relata el propio Forrest en retrospectiva… siendo algo muy conocido, nadie le cree: “they don’t have a clue”, “la gente no sabe dónde está parada”…

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Forrest no recordaba cuándo había nacido, pero sí cuándo descubrió la vida: cuándo oyó la voz de Jenny por primera vez. También será memorable la causa de la entrada de Forrest de lleno a la escena de los grandes eventos: “Mama siempre me dice: los milagros suceden todos los días, créelo, suceden, aunque pocos lo crean”: llegó el milagro de Forrest. Unos granujas querían abusar de su inferioridad relativa, Jenny le gritó: “run, Forrest, run” “corre, Forrest”. Y Forrest corrió… En plena carrera se soltaron las barras de sus piernas y corrió como un fenómeno. Hay un poco de sarcasmo en la vida, en la manera en que las instituciones en crisis se aferran al poder: Forrest, que nunca fue a una clase, corriendo, con una beca deportiva, de futbol americano, se graduó en la Universidad de Alabama en 5 años. Y llegó a la prominencia: por ser tan veloz, fue escogido en el equipo ideal de las universidades estadounidenses y conoció al presidente de los Estados Unidos en un homenaje que éste le daba a él. Forrest era una celebridad nacional…

Y, de ahí, a Vietnam, “donde estaba lo mejor de la juventud estadounidense”, dice Forrest, abofeteando a los detractores de esa guerra y de los soldados que ahí participaron. Forrest siempre llega como uno más ahí adonde llega, claramente destinado al fracaso, ¿no es estúpido, pues? Pero siempre se las arregla para destacar por encima de los más grandes. En parte, es su buena suerte, en parte es su estar ahí, en parte es su lealtad, en parte, él es extraordinario, en parte, la sociedad es estúpida (y punto: en parte, Forrest es una bofetada a los Estados Unidos). Rescata a todo su pelotón, en una emboscada letal, de una manera ciertamente impresionante. No realmente valiente, pues obra de manera un poco inconsciente del peligro; pero fue heroico, porque todo lo hizo por fidelidad a Jenny, que le dijo “run, Forrest”, y por amistad con su compañero Bubba. Su teniente, Dan Taylor, debía morir en la guerra, era su destino, como el de todos sus antepasados. Forrest lo arruinó, lo salvó, aunque las bombas le hicieron perder las piernas: odió a Gump…

En el hospital, aprende a jugar pingpong como un campeón y se va a Washington a recibir su medalla de honor del Congreso: 1.967 y Lyndon Johnson (al que le pela el tafanario, que había recibido un balazo). Más tarde, se convierte en integrante del equipo estadounidense de pingpong, visita China y vuelve a tener un encuentro con un presidente: Nixon.

Luego, Forrest, que se ganó un buen dinero (25.000 $ de esa época) promocionando unas raquetas de pingpong marca Mao (Tse

Forrest el fiel cumple su promesa y abre la camaronera, Lt. Dan se une a Forrest y es redimido, al contemplar la obra de Dios

Forrest el fiel cumple su promesa y abre la camaronera, Lt. Dan se une a Forrest y es redimido, al contemplar la obra de Dios

Tung), irá a casa de Bubba, en Bayou, Alabama, a cumplir la promesa que le hiciera de comenzar una camaronera. Lieutenant Dan se aparece, pues él tenía que ver a Forrest de capitán de barco. La camaronera, como todo lo de Forrest, parece destinada al fracaso, no hay quien no se burle del estúpido; el teniente reta a Dios, en quien no creía… y “en ese momento, Dios estaba por manifestarse”… la prosperidad de estos veteranos de guerra llegó a las grandes revistas financieras, a Forbes… y, lo más importante, lieutenant Dan hizo su paz con Dios, con la idea de que su destino no era morir con honor en la guerra, con su rescuer, Forrest Gump, que le había dicho que, a pesar de todo, él “seguía siendo el lieutenant Dan”: que su identidad era un despliegue de su ser en su tiempo, marcado por su destino, cualquiera fuera la causa. Como eran riquísimos y, para colmo, el teniente había invertido en una compañía de frutas, Apple, de Steve Jobs, Forrest dio su parte a la mama de Bubba, que “más nunca tuvo que trabajar en la cocina de nadie”.

Y volvió a casa, a tiempo para acompañar a Mama en su lecho de muerte: “no te preocupes, Forrest, la muerte sólo es una parte de la vida; pero estoy contenta: hay un destino y yo tenía que ser tu Mama”: la pluma se agitaba, en la dirección de Forrest… Él, como ya no se tenía que preocupar por el dinero, “una cosa menos”, ya no volvería a la camaronera. Se quedó en su casa y, “como, como dice Mama, el hombre sólo necesita cierta fortuna y lo demás es alarde”, donó mucho dinero: una iglesia para la congregación local de color; un hospital, en Bayou, pueblo de Bubba. Además, cortaba, a lo Chance the Gardiner, gratis el césped del campo de futbol americano de la universidad. Como en la canción Logical, de Supertramp, de noche, solo, le venían las grandes preguntas a la cabeza y siempre pensaba en Jenny…

Ésta vino y se fue… Forrest sintió la necesidad de correr… y corrió, por más de tres años y cuatro vueltas a los Estados Unidos, de costa a costa. Muchos lo siguieron, como a un líder, como si él tuviera la respuesta a sus inquietudes, cuando sólo corría para olvidar y sacarse la rabia, cuando se cansó y se sintió aliviado de su dolor: paró… y se quedaron sin saber qué hacer sus seguidores.

1.981: Reagan recibe los balazos. Luego de semejante periplo de vida, Forrest llega a un llegadero, como la sociedad gringa, luego de las agitaciones de 1.955 a 1.980, Reagan significa un descanso… Forrest llega a casa de Jenny y conoce al hijo de ésta, a su propio hijo; teme, ¿será estúpido? Lo ve, lo contempla, lo ama, lo ama con la intensidad con que amó a Jenny. Jenny, enferma de “algo nuevo” (el SIDA), le deja este regalo existencial a Forrest. Se casan, asiste Lt. Dan, con la cabeza asentada, comprometido con una mujer seria, de origen oriental, con prótesis en las piernas, agradece por primera vez a Forrest por haberlo salvado, luego de que lo salvara del fracaso vital, más que de la muerte en la guerra, por haberlo hecho encontrarse, al encontrar su “nuevo” destino. Jenny murió, Forrest tuvo que encargarse del pequeño Forrest Gump…

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Forrest tuvo su musa, Jenny. Por ella, él recorrió la mejor parte de la historia estadounidense de ese importante período histórico. Ésa parte de la que nadie habla. Se suele decir que los signos de esos tiempos fueron los que vivió Jenny. Hubo quien no se enteró. Paradigmáticamente, ése fue Forrest Gump.

Jenny vivió esos “signos de los tiempos”: quería ser Joan Báez, quería ser la más famosa de todas las cantantes; cantó y tomó el nombre del novio de Báez: Bobby Dylon; fue hippie, se drogó en discotecas, vivió en comunas y practicó el “amor libre”: vivió una especie de caída libre existencial. Forrest tuvo una mamá, con mil defectos, pero que estuvo con él; Jenny tuvo un papá borracho, redneck, que abusó de ella, que era “muy cariñoso, siempre quería estar tocándola”: Jenny no quería ir a casa. Jenny anda de desastre en desastre, de deseo de suicidarse en deseo de suicidarse. De ambas cosas vivieron los Estados Unidos y el mundo, de 1.982 a 1.994; al menos, en lo que a la [in-] cultura dominante se trata. Jenny es un contrapunto.

***

Forrest Gump fue un héroe, un héroe de fidelidad, de virtudes impresionantes, impulsado por un amor descomunal, indeclinable, invencible. Forrest Gump fue un suertudo, que sólo llegó donde lo llevó la suerte. Forrest Gump es una cachetada a los Estados Unidos, un tipo que es fuente de varios de sus rasgos culturales, desde su estupidez. Forrest Gump es un estúpido, que muestra que, al final, la suerte se manifiesta como la ciega que es. Forrest Gump es un enamorado de esa cosa horrible, ese vacío existencial llamado Jenny, consiguiendo tremendos éxitos, a pesar de ese amor fatal; y, así, una imagen de los Estados Unidos.

Cualquiera de éstas puede ser la interpretación de esta obra, todas son hipótesis con cierta plausibilidad. De seguro, hay un poquito de todo. Pero no todas son lo dominante. Lo dominante es que Dios se presentó, como cuando lo hizo al Teniente Dan; que Forrest estuvo donde tenía que estar, por amor, por su mamá, por su lealtad impresionante (“yo siempre cumplo mis promesas”: por eso cumple con Bubba, no por estúpido, como otros sugieren). Forrest debe mucho a su madre. Jenny será una malvada, pero él es fiel y el amor lo guía, a pesar de ella; que termina siendo redimida por el amor, lo mismo que el teniente, aunque a éste se manifestó Dios con más fuerza. Forrest tuvo suerte… pero Forrest la mereció. ¿Y los Estados Unidos y el mundo? Está por verse, cuando se decida entre ese amor extraño a lo que representa la revolución hippie y una fidelidad indeclinable, a lo Forrest Gump…

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