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Rabiosos, peleones y… cobardes

Vicios adicciones y remedios: esclavitud y libertad (VI)

Así de controladas tienen sus pasiones los iracundos. Ellos sí que son valientes y con ellos se puede razonar

Así de controladas tienen sus pasiones los iracundos. Ellos sí que son valientes y con ellos se puede razonar

“Al descender, el triste arroyo, al pie de la maléfica y cenicienta playa, forma una laguna que se llama Estigia; y yo, que estaba muy atento siempre a contemplarlo todo, vi encenagadas en aquel pantano varias almas enteramente desnudas y con áridos rostros. Dábanse entre sí de golpes, no sólo con las manos, sino con la cabeza, con los pies y se desgarraban con los dientes a pedazos”. El relato-descripción es de Dante, del séptimo canto de su Inferno. Dante tiene una característica que siempre me ha fascinado: cada castigo es exactamente lo que, según lo que conocemos del hombre, es perfecto para el respectivo pecado. Un materialista, por supuesto, es un ciego, pero, sobre todo, de la vida futura; un lujurioso, que máximamente somete de lo mejor de sí a lo más bajo y se entrega a pasiones descontroladas, es uno que vive en una especie de caverna vertical, arrastrado por vientos huracanados y contrarios (sus pasiones). Y así sustantivamente, como decía el gran Cantinflas. Los iracundos reciben el castigo citado, viven en una pelea de perros salvajes, hasta la eternidad.

De este hombre es de quien estamos hablando aquí, de un iracundo, rabioso, irascible, un tipo de trato insoportable. Pero la irascibilidad es insoportable, principalmente, para el pobre ser humano que la padezca. Créanme, yo la he sufrido por muchos años; y, como es muy difícil que un compulsivo venza algo así, pues aparece sin aviso de ningún tipo, le pido a Dios mucho que me la quite Él. Déjenme que les diga por qué es tan insoportable para el que es su sujeto. Primero, por lo que ya sabemos de todos los viciosos: no es libre ni tiene paz. Pero, en éste, se manifiesta de un modo muy particular. La pasión negativa le nubla la mente de manera terrible, de modo que anda viendo insultos y ofensas donde no existen, por lo que no pocas veces tiene miedo y es receloso, desconfiado. Además, se la pasa alimentando pequeños resentimientos. Pero no es ningún bloque de ira hacia el mundo, él quiere ser caritativo, a veces reconoce su “locura”, a veces no puede, tiene montañas de necesidad de pedir perdón, de perdonar, pero es incapaz de hacerlo, entre otras cosas, porque él mismo no es capaz de cargar con esas montañas. Vive lleno de rollos, rollotes y rollitos, vive enrollado en esas nimiedades de afrentas pequeñas, grandes o ficticias, en si él ofendió, si faltó a la caridad, si obró con justicia, si estuvo bien defender así a la verdad o si la dañó con su rabieta y su berrinche. El pobre tiende, así, a ser pusilánime, débil de carácter, o a ser menos magnánimo de lo que sería si gobernara su ira. Claro, cualquiera entiende por qué razón un airado es insoportable para los demás, por qué lo es uno que, sin ton ni son o al más mínimo “incentivo”, hace que truene Thor, el Dios del Rayo. Y nadie sabe dónde terminarán sus arranques de furia.

Eso de la pusilanimidad del furioso seguro le parece raro a mucha gente; siempre nos pintamos a un tipo bravo como uno con mucho carácter o con carácter fuerte. La verdad es otra: el bravo es uno de carácter débil y pequeño o más débil y pequeño de lo que él podría ser. Un peleón no es necesariamente un valiente. Hay que analizar un poco la psicología humana para verlo. Desde Platón y Aristóteles sabemos cómo hacerlo. Tenemos unos apetitos, unas capacidades por las que tendemos a los bienes, por las que deseamos o queremos: el hambre, la sed, la curiosidad, el apetito sexual, lo que nos hace buscar lo útil, lo que nos hace anhelar la justicia o la amistad o comunicar verdades, hallazgos científicos, por ejemplo, etc. Esas capacidades pueden ser de los bienes sensibles deleitables, placenteros; de los bienes que son medios para conseguir los anteriores; o del bien en general, como lo capta la inteligencia: bien, en su concepto universal, y bien, en cuanto es conveniente al hombre, a la verdad de su ser. Los apetitos llamados concupiscibles son los del deleite; el irascible es el que tiene que ver con los medios; la voluntad es la que quiere según el bien que el intelecto capta. En la irascibilidad está la esperanza; en lo concupiscible está el gozo por el bien poseído; la voluntad se goza en el bien en cuanto tal, aunque espera con la ira y se deleita con la concupiscibilidad. Así, la fortaleza y la esperanza van de la mano y son virtudes, sobre todo, de la ira; la templanza, virtud referida a los placeres, que modera nuestro deseo de ellos, para que sea conforme a la razón, es virtud de los apetitos concupiscibles; y las virtudes de la voluntad son la justicia, la sinceridad, la curiosidad sana (la que es madre de la ciencia y la filosofía, curiosidad que es amor a la verdad), el orden del amor y la caridad.

Pues bien: ¿cuándo nos enfadamos? Cuando se nos impide obtener un bien, cuando lo perdemos, cuando creemos que el mismo ha sido dañado: en esto consiste una afrenta. Ahora, en esos casos, nos entristecemos, de modo que la ira, el enojo, es como una sobreabundancia de esa tristeza, tristeza que se siente en el apetito de posesión del bien, el que se deleita en él, el concupiscible. Y, si no es conforme a la razón, se trata de la destemplanza, del vicio de los apetitos concupiscibles; es, entonces, de la misma familia que la lujuria, el alcoholismo y otros varios de los que se habló arriba. Pero, según creo, es un familiar especial. Hasta aquí, lo que he dicho va por la línea de lo que sé que Santo Tomás dice de este tema. No sé si él diga lo siguiente, sin embrago: a mí me parece que un iracundo es un destemplado, como dice el gran sabio; pero es también un débil, uno que no es capaz de poner los medios adecuados para solucionar el problema que se le ha presentado. Por eso, para evitar darse un disgusto planteando una discusión sobre un tema de interés, teniendo que enfrentar las razones de otros, o para evitar el difícil trago de la corrección fraterna, prefiere, en ambos casos, por débil de carácter, ánimo pequeño y cobardía, lanzar invectivas y, como dicen en Venezuela, comenzar una “atajaperros”. No es mucho carácter, es poco, es débil y pequeño.

Así, las maneras de enfrentar este problema, en algunos aspectos, no difieren tanto de las que se trataron, cuando hablamos de la lujuria y la pornografía. Tiene que tratar de virilizar el carácter; tiene que tratar de tener más esperanza y tratar de olvidarse pronto de todos los enredos mentales en que se enfrasca. Pero hay que hacer un poco más: lo más importante es que nunca se permita una de esas reacciones furiosas, locas: es mejor inhibirse y ofrecérselo a Dios; y, en su lugar, que busque pintarse, así sea de forma fantasiosa, la misma situación, pero de manera lo más feliz que pueda. Puede hacerse de esto último su “examen particular”: un propósito pequeño y concreto de lucha personal, sobre el que lleva cerrada contabilidad. Años o meses serán necesarios. Pero hay otro asunto, si el vicio es “único”, si no tiene más, entonces lo que tiene es soberbia y debe luchar por ahí; si va acompañado, de lujuria o alcoholismo, por ejemplo y muy típicamente, entonces ir mejorando en cada aspecto, mejorará cada uno de los otros. Lucha, hermanitos, lucha, la lucha del amor verdadero. Eso es nuestra vida. ¡Arriba!

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