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Historia de dos ciudades

No, no son las de Dickens y se parecen, más bien, a las de Platón, La República, libro III…

Las fronteras son bien marcadas, no sólo en lo territorial, sobre todo en lo cultural y afectivo

Las fronteras son bien marcadas, no sólo en lo territorial, sobre todo en lo cultural y afectivo

Atravieso de punta a punta, viajo en mi coche, cojo autobuses, camino, cuatro, cinco cuadras, entro al metro, otra caminata, otras cuadras, otro autobús, otra caminata y, al fin, mi destino. Al llegar, temprano, puedo reflexionar, repasar mi camino, indagar sobre el porqué de mi actual desagrado profundo.

Yo crecí en un sitio diferente. En mi ecosistema, un desavenencia era un episodio entre hermanos; al final, eso no era sino un punto en un mar de amor. En mi ecosistema, yo aprendí que la sociedad humana es una comunidad de creencias, de tradiciones, de origen y de destino, que funda una solidaridad profunda, que engendra un amor, que nos hace ser unos en una tremenda diversidad. Yo podía entenderlo, lo difícil vino cuando mi ecosistema fue a chocar con otros, no a “encontrarse”, a chocar, con otros que negaban verdad, virtud, solidaridad, amor (verdadero, digo, en la verdad y el orden), alguno, varios o todos ellos juntos. Me di cuenta de que la vida tendría que ser lucha, una lucha interna, en mí, para que en mí triunfara el bien. Y, luego, una lucha por llevar la unidad a los hombres divididos de manera antinatural, por la maldad y la ignorancia que atacan nuestros corazones. Ahí vi la causa de mi malestar al llegar esa mañana a mi destino…

La que por tener muchos edificios juntos y calles continuas parecía UNA ciudad, no lo era, había dos, tres o más, mucha más. La Torre de Babel, la mentira lanzada por la soberbia de los pequeños prometeos, los que quisieron ser, a lo Marx, autogeneradores, autocreadores, autoproductores, he ahí el problema. Esa Torre, la que dijo: “quédense pegados al piso, sean de miradas cortas o de miradas planas”, ella es la responsable, porque separó y separó diciéndole a cada uno que él era independiente y que era la medida de todas las cosas, pero que la medida era el éxito. Esa Torre hizo que los prósperos desdeñaran a los menos favorecidos; esa Torre hizo que todos ambicionaran la máxima satisfacción hedonista: mentira podrida: en lo material no hay satisfacción y no es posible que todos sean ricos y no es verdad que nadie sea mejor a causa de lo inferior y es mentira que…

Las mentiras son infinitas. Pero cada una divide en muchas partes. La peor parte es que se ataca a los que traen la verdad, a los que luchan por ella. Éstos son la conexión con los vínculos originarios, los únicos vigentes, pero son atacados por unos, otros, otros, otros, otros y otros. Pero es ya muy malo que haya dos ciudades: la de los ricos y la de los pobres, dice Platón. Una con desprecio, la otra con resentimiento. Hay que evitar dos males: la riqueza excesiva y la pobreza excesiva, dice el sabio ateniense. No lo hicimos; ergo, tenemos dos ciudades. Pero hay todavía un asunto más.

En el mundo de hoy, cada una de esas ciudades tiene una pequeña guerra civil: hay los comunistas, los de este o aquel partido socialista, los capitalistas que quieren salir de abajo, los que creen en el amor, los anarquistas, los “evangélicos” gringo-descendientes, estos es, adheridos a alguna secta o iglesia nacida en los Estados Unidos, en el último siglo y medio. Eso en la ciudad de los pobres, en la que puede haber graves contiendas. Ni más ni menos que las que puede haber en la de los ricos. Unos comunistas, otros autosatisfechos, capitalistas por avatares de la vida, burgueses aburguesados, otros filántropos, otros decididamente caritativos, están los defensores de la jerarquía social, los “tradicionalistas”, los “derechistas”, aristócratas, los progresistas vende-patria, pues quieren ser Europa o Gringolandia. Hay de todo, en todas partes; hay líneas muy definidas, a veces, pues hay mezclas y todos gritan a su selección, en partidos de deportes: aunque sea de una bajeza de espíritu horrorosa, qué vivan los deportes, ocasión de que la ciudad vuelva a ser una… hasta que llega la policía a disolver los excesos en las celebraciones por alguna victoria: “llegaron los ricos” o, mejor, “los jalabola, chupamedias, jalamecate, lame-trasero, de los ricos…”…

Hay dos ciudades. Hay dos guerras civiles. Y hay latentes problemas de enorme alcance. La inmoralidad, la mentira, el egoísmo, las pasiones que alejan a los hombres unos de los otros, formas particulares de soberbia. Es el diablo, el divisor. De eso se trata. De la antítesis perfecta de lo sano, de lo virtuoso. Una vez más, es la revolución, disolvente de nuestros vínculos y del sentido de nuestras sociedades.

LA SOLUCIÓN ES UNA TREMENDA REBELIÓN: DESPERTAD, LA HUMANIDAD LO REQUIERE, REBELAOS, MUCHO DEPENDE DE QUE SE VUELVA A PONER EN LA CIMA A LA ESENCIA…

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