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La expresión del Esplendor en la época del esplendor (B)

Serie sobre estética, subjetivismo e historiografía del arte occidenntal, sexta ronda

El Coro de Suger en Saint Denis, luz natural que eleva hasta Dios: aquí, así, nace el gótico: inspiración pura

El Coro de Suger en Saint Denis, luz natural que eleva hasta Dios: aquí, así, nace el gótico: inspiración pura

Como hemos estado hablando, la belleza es un esplendor, una luz, que sale del ser, del ser que es conforme a nuestra inteligencia, al ser que es verdadero. Desde siempre, ese esplendor estuvo presente en las representaciones artísticas. La cristiandad lo hizo su tema, por amar por sobre todas las cosas a ese Esplendor, del que participan todos los esplendores; su espiritualidad, puso a la luz del mundo, al servicio de aquél que es Luz de las naciones, al Sol que nos visitó de lo Alto. “Desde tiempos antiguos la luz ha sido la metáfora principal para narrar el esplendor de la verdad y de la belleza. En la época cristiana, más tarde, la luz se convirtió en el símbolo mismo de la belleza, que es en sí misma una verdad iluminadora, y por tanto es capaz de decir algo sobre el inefable misterio de Dios. La belleza es proporción, es decir el lugar numérico y geométrico de verdades evidentes, pero también es claritas, es decir, esplendor, luminosidad, lucidez, pureza iluminadora. Toda la arquitectura, la pintura, la escultura y finalmente la poesía estaban constituidas e impregnadas de claritas. Cada elemento de las decoraciones infinitas escultóricas de las catedrales tenían el deber de capturar la luz y de reverberarla a su alrededor, en una cascada continua de una luminosidad descendente, capaz de asumir el deber de iluminar materialmente un lugar, sin perder el valor simbólico moral y espiritual” (Papa, Cuando la luz no contaminaba todavía las iglesias, Zenit, 03-05-11).

La luz es esencial al arte, pues ella es el elemento indispensable para una representación apreciable de la belleza, por eso lo es para entender el arte, las obras “realizadas por ella y con ella”. Desde los albores de la Cristiandad hasta el Barroco tardío, en la arquitectura y las artes plásticas, el uso de la luz natural “refleja una visión trascendente de las artes al servicio de la Fe”. De hecho, cuando el Cristianismo regía las visiones de la sociedad, “el cuidado de la luz natural explica […] la visión compleja del mundo” (Rodolfo Papa, Exaltación de la luz en la materia, Zenit, 17-05-11).

Eso se refleja en las tareas prácticas de preparación, escogencia y disposición de los materiales, para que brillaran, capturaran adecuadamente la luz, que era el medio para dar esplendor a la obra; esplendor que constituía el fin mismo de la obra, por lo que la propia luz lo era. “Ejemplar es el caso del abad Suger de Saint Denis (1137-1151), que transformó su abadía reorganizándola en todos los aspectos y en especial en el tratamiento de la belleza de la luz; él afirmaba, por ejemplo, que la belleza de las piedras multicolores y esplendorosas de la Casa de Dios lo inducía a pensar que ‘por gracia de Dios, puedo ser transportado de este mundo inferior a uno superior por un medio anagógico’” (Ibíd.). Así fue como Suger se convirtió en el padre del gran arte gótico, al remodelar su abadía. Al contemplar así el universo, “como comenta Panofsky: ‘el entero universo material se convierte en una gran ‘luz’ compuesta por innumerables luces pequeñas como linternas; todas las cosas que se pueden percibir, naturales o hechas por el hombre, se convierten en símbolos de lo que no se puede percibir, una piedra de apoyo en el camino al Cielo; la mente humana se abandona a ‘la armonía y la luminosidad’, que es el criterio de la belleza terrestre. Se encontraba así ‘conducida por lo alto’, hacia la causa trascendente de esta ‘armonía y luminosidad’ que es Dios’ (E. Panofsky, Suger Abate di Saint-Denis, [1946], trad.it Palermo 1992, p. 44)” (Papa, Ibíd.).

Toda la arquitectura estaba impregnada de esto, como lo estaba toda la actividad humana, que tendía a una síntesis universal, reflejo de esa síntesis que era la sociedad cristiana. Eso era especialmente claro en la construcción de catedrales, como en la composición de summas. “Esto sucedía por la íntima conexión entre las catedrales góticas y la visión del mundo que encontramos expresada en la gran teología escolástica. Continúa diciendo Panofsky: ‘La catedral del gótico maduro, como la Summa de la escolástica clásica, tenía en cuenta, antes que nada, la totalidad y a ella tendía a aproximarse, a través de la síntesis y de la eliminación, solución perfecta y definitiva; por tanto es posible hablar de una planta y de un sistema del gótico maduro con una seguridad mayor que la posible en cualquier otro período. En su lenguaje figurado, la catedral del gótico maduro intentó incorporar la totalidad del saber cristiano, teológico, moral, natural e histórico, con cada cosa en su sitio exacto” (E. Panofsky, Arquitectura gótica y filosofía escolástica [1951], trad.it. Napoli 1986, pp. 24-25)” (Papa, ibíd.).

El Barroco también sigue estos modos de ver, esto no se detiene, pues, en la mal llamada “edad media”. Más que distribución del espacio, el “sistema de los órdenes arquitectónicos”, a través de las múltiples posibilidades decorativas ofrecidas por los particulares y por la vasta variedad de materiales, busca distribuir, reflejar, reverberar, difundir la luz, sus brillos y destellos. Buscaba este objetivo al generar espacios o proveer “un sistema concebido y ordenado para organizar un lugar capaz de crear una visión ascendente y descendente: del sumo grado de luz al más bajo grado de sombra”. “Todo se dirigía a la fuente natural de la luz, portadora de un significado trascendente. Además, el espacio resultaba viable, en su penumbra luminosa” (Ibíd.). Pero, ojo, la luminosidad no es, necesariamente, un modo de reflejar o representar luz directamente, también es una característica de todo lo bello, lo proporcionado según la verdad; sólo que, en la Cristiandad, por la conciencia sobre la esencia de la belleza como luz, se expresaba así, directamente. “La arquitectura se concebía como metáfora de una luminosidad jerarquizada según los principios físicos y metafísicos. Por tanto, la valencia funcional era asumida e incorporada a la metafórica, capaz de hablar al corazón, al alma y a la mente” (Ibíd.).

Pero no es sólo un espíritu operante en la arquitectura, se da en toda manifestación. En la pintura, inspira verdaderos aspectos magistrales de las obras de varios de los más brillantes pintores que haya parido nunca la humanidad. El Color, en la Cristiandad, se busca como medio de expresión de la luz en la pintura. En el arte del materialismo, modernista o posmo, el color es ocasión de la exaltación del pigmento, en su materialidad (Papa, Cuando la Luz no contaminaba a las iglesias, cit.), como fin de toda búsqueda estética.

La Cristiandad es antitética de estas visiones reduccionistas, materialistas. Un ejemplo de ello lo aporta el modo complejo y no reduccionista de afrontar la cuestión en la pintura: se trata del período histórico que va del XVI al XVII, cuando las reglas técnicas de

Flagelación de Caravaggio, el chiaro-oscuro: la Luz divina destaca sobre toda sombra

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la pintura son descubiertas [elemento transcultural] y formuladas [intraculturalmente] por Leonardo, Rafael y Tiziano y replanteadas de forma sistemática y difundidas por toda Europa por la reelaboración artística de Caravaggio, en el XVII. Caravaggio y su escuela pintaban, sobre fondos oscuros, figuras luminosas, de modo que, puestas en las capillas laterales, siempre muy oscuras, podían resaltar las historias que se querían relatar, destacando las imágenes de una manera muy luminosa y estableciendo una continuidad entre la obra pictórica y el edificio al que estaba destinada, de modo que parecían “realmente inscritas en aquellos espacios y que sucedían realmente ante los ojos de los espectadores” (Papas, Exaltación de la luz…, cit.).

“A menudo he intentado sugerir a los turistas que visitan constantemente la Capilla Contarelli en San Luis de los Franceses, que aprovechen los momentos de menor flujo para adaptar el ojo a la penumbra e intentar ver así las famosas pinturas de Caravaggio del ciclo de San Mateo. Se producen muchas reticencias y el desagrado se expresa a menudo en fuertes protestas, porque se afirma que es imposible apreciar las pinturas sin luz artificial, pero después de un rato, alguno comienza a ver y a entender. Entonces los ojos, adaptados a la penumbra y despojados de los prejuicios, comienzan a gustar de alguna tímida aproximación a una pintura que no han visto nunca, porque siempre está sofocada con la luz artificial. El resultado es impresionante y se repite en toda pintura concebida de esta manera, en otras iglesias romanas y europeas” (Ibíd.).

El arte cristiano, no enmarcado en ningún molde, no encasillado en ninguna forma particular, inspirando innumerables escuelas y movimientos, guarda una unidad de propósitos y de miras, a través de los siglos, engendrando los más luminosos genios, imbuidos en su interior, en su espíritu, de la más luminosa motivación, guiado por un fecundísimo realismo, abarcando toda la realidad, sin reduccionismos, con las visiones más sublimes y abarcantes, con la concepción de la belleza clara, usando de materiales, de instrumentos como la geometría, la óptica, las técnicas de construcción, el medio ambiente, sin límites y lleno de vitalidad. Esta luz, este amor por la luz, este esplendor, es lo que llaman hoy, sin o con conciencia, siguiendo a los enemigos de Cristo, desde el siglo XVIII, “oscurantistas”, porque vivir para Dios tiene que ser oscuridad, no importa que Él sea la fuente de toda luz… De aquí viene la “modernidad”; del rechazo a esto y a la propia modernidad, como creencia en algo, en las posibilidades de la humanidad desembarazada de Dios, viene lo posmo. Vamos a ver a éstos ahora.

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