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Pantallas que te hacen amo del universo y te idiotizan: problemas en la WWW

Vicios adicciones y remedios: esclavitud y libertad (V)

Un adicto a internet, se ve bien, comparado con otros de por ahí

Un adicto a internet, se ve bien, comparado con otros de por ahí

En el artículo anterior, introdujimos el tema de los peligros del internet. Vimos que permite hacer lo que dice el título de éste. Eso no puede sino generar muchos problemas. Uno de ellos es la adicción propiamente tal, el vicio, el encadenarse de manera desordenada a un bien deseable. Pero trae muchos otros, como todo lo vicioso, que, como ha quedado claro, siempre viene con una cantidad de distorsiones muy importantes. Sigamos la reseña de lo que dice una experta en la materia, la doctora Michela Pensavalli, que nos trae José Antonio Varela (Zenit, 27-12-12).

La primera dificultad está en dominar las emociones que se generan ante el contenido de las páginas web y por el uso mismo de la red. Hay que cuidar la dependencia, las personas tienen que poder tener vida off line, capacidad para apagar la computadora, el celular, en circunstancias que lo ameriten. Si no se puede desconectar, todo lo demás tiende a sufrir, pues no se pueden hacer dos cosas a la vez ni estar en dos sitios a la vez y, así, trabajo, amistad, normas básicas de convivencia, entre otras muchas cosas, son soslayadas. Esto, para colmo, potencia el egoísmo: “¿cómo quieres que me desconecte, si lo necesito?”, se piensa, sin ninguna consideración por las necesidades de otras personas. Se deben tomar medidas importantes: llegar a casa y apagar el celular, lo mismo debe hacerse en Misa, en clases, en el cine, si estoy en una cita con alguien o si, en cualquier conversación, se ha hecho molesto. En un orden similar el internet se ha hecho enemigo del trabajo; por eso las compañías y organismos toman medidas restrictivas, como lo hicieron antes con los juegos de las computadoras. Un último punto parece caerse de maduro: si estos efectos se dan en adultos hechos y derechos, a los niños hay que cuidarlos mucho y no darles un celular con conexión a internet, sino a edades avanzadas, quizás, a los 18 años, cuando la inmadurez no se una a otras tendencias y cuando su carácter todavía en desarrollo ya se haya formado un poco, sin estas tendencias viciosas.

Por otra parte, internet ha llevado al paroxismo el deseo de mensajes cortos, insustanciales, sin cadenas de razonamiento. Lo que ha reforzado eso que Eric Voegelin llama analfabetismo cultural y la abulia intelectual. Además, internet ha hecho que la gente no se quiera encontrar personalmente, sino a mandar mensajitos por la red. Se trata de tremenda caída: en muchos casos, infinitos entre adolescentes, la comunicación del “animal que se comunica”, del hombre, que se expresa de mil formas, no se incrementó por el internet, sino sufrió el que debe ser el mayor descalabro de la historia.

Puesto que es el espacio a la carta por excelencia, en el que busco lo divertido, evito lo tedioso, lo esforzado, lo que me molesta y puedo abrir y cerrar cuando quiera; al tiempo que es “una dimensión aparte”, otro mundo, el “mío”, cuando algo molesta en el mundo real, se tiende a la evasión, a “desconectarse” y buscar “otra página”. Nada que se parezca a una relación sana con el mundo, ¿no?

Como es realidad aparte y fácil, sin compromisos, a la carta, se tiende a intercambiar información y a hacerse “amigo” de desconocidos, sin saber qué hay detrás y que, muchas veces, puede ser perjudicial. Además, en esa realidad virtual, fingiendo la gente ser otra, tiende a dejarse llevar de vanidades increíbles; de modo que el narcisismo, el exhibicionismo y el voyerismo son actitudes frecuentes. Y, como la realidad es otra y las relaciones en ella son distintas, la necesidad de cambio de actitud en el adicto, en el compulsivo, suele producir tendencias patológicas.

Por otra parte, la doctora Pensavalli “alertó sobre el alto consumo del llamado ‘cyber-sexo’, que según datos estadounidenses, en el mundo se consumen 3.000 dólares de material pornográfico cada segundo” (José Antonio Varela, en Ibíd.). El padre Di Noto, de la red METER de Italia, el mayor combatiente de la pedofilia en internet, nos dice que la “infantofilia”, sexo con menores de 2 años, por ejemplo, cobró, por ab-uso de internet, más de 200 mil víctimas; siendo las redes sociales el lugar favorito de operación de estos monstruos (Las redes sociales, oasis de paz para los pedófilos, Zenit, 04-02-10).

“Hay que considerar por ello, el riesgo que significa que una persona puede ser lo opuesto a sí mismo en la red, alejándose de sus principios, obligaciones y faltando a la confianza de los superiores. Pues muchas veces estos toleran el uso de Internet con la esperanza de que ayude a profundizar en el estudio, a combatir la lejanía recibiendo mensajes de los familiares y amigos de bien”, cuando, en realidad, se han metido por estos caminos viciosos.

Una vez más, una cosa muy buena, el internet, así como la televisión, se presenta, merced a desviaciones en nuestra emotividad y nuestra inteligencia y voluntad, como una oportunidad de desviarnos del buen camino. Pero, entonces, hay que ponderar bien: nuestra alma vale más que el mundo (“¿de qué le vale al hombre ganar el mundo, si ha de perder su alma?”), también las de nuestros hijos y seres queridos. O sea que no se comparan con este “mundillo”, esta, en realidad, pequeña parte del mundo. Mucho de lo que pasa hoy, pasa por pura estulticia, no recuerdo qué santo era que decía que los hombres, por lo general, no eran malos, pero sí tontos de remate. Entonces, hablemos de tontería, me viene a la memoria la película Demolition Man, de Sylvester Stallone, Wesley Snipes y Sandra Bullock, basada laxamente en Un mundo feliz, de Huxley. Stallone y Bullock van a tener relaciones y sólo era legal hacerlo de manera “virtual”: la cuestión pareció horrorosa a Stallone, que venía del pasado, por haber estado congelado por 40 años. Estos mundos alternativos de los fanáticos adictos a internet consisten en llevar ese principio a todo el ámbito de su existir: si es grotesca la escena de Demolition Man, ¿cuánto más será esto verdad de esas actitudes compulsivas? Mi respuesta: infinitamente. Es el infinito de la horrorosa tontería, que no puede sino ser altamente destructiva. Como dice el profesor Keating, de La sociedad de los poetas muertos, lo que está en juego es nuestras mentes y nuestras almas. ¡¡¡EN GUARDIA, AMIGOS, SOLDADOS!!!

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