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Los orígenes más viejos de la revolución sex, drugs and rock and roll

Serie sobre la revolución sexual y de la contracultura de los 60 hasta hoy, 1/muchos

Revolución es contracultura, o sea, tu destrucción (A)

Para Mary Shelly, heroína revolucionaria de todos los tiempos, la revolución es Frankenstein

Para Mary Shelly, heroína revolucionaria de todos los tiempos, la revolución es Frankenstein

Uno puede poner los orígenes de la revolución como Michael Jones (Jones, 2.006), en el siglo XV y la revolución de Bohemia (¡qué grande es Dios: el nombre, este nombre, marcó todo, dijo ya todo!), la de Juan Huss. O puedes ir más atrás, a Wyclff, el inspirador de Huss en Inglaterra; o a Ockham y Marsilio, los verdaderos orígenes perfectos, pues puedes ir hasta Roscelino, prefiguración de Ockham en el siglo XIII, pero muy pobre, comparado con su sucesor, el Oxoniensis inceptor. Puedes buscar más atrás, irte hasta Al’ A’chary, ese teólogo musulmán, y lo que él representa: una visión del mundo en la que lo único que escapa del caos es una acción meramente ocasional y arbitraria del Principio y Causa de todo. Puedes irte más atrás, a los paulicianos, a los bogomiles, a todos los gnósticos de todas las épocas y sus doctrinas perniciosas sobre la corrupción que ES el mundo y las doctrinas esotéricas salvadoras. Puedes venirte hasta Lutero, como hace Voegelin, ese amante de Occidente, que vio que esta civilización se debía a la Iglesia, que ésta constituía la mayor luz que haya dado la humanidad, pero que, en su odio luterano a la Esposa de Cristo, la rechazó siempre (¡¡¡!!!).

Para mí, la revolución está en Ockham y Marsilio, ellos son los padres de la modernidad: en ellos está el nominalismo, el creer que la moral es un sinsentido impuesto por el poderoso, un mero asunto de deber, los derechos afirmados de manera independiente del orden social, la negación de un orden social y la negación de todo orden en el mundo, la negación de la autoridad, el fisicismo, los gérmenes del materialismo, el democratismo, el odio al Papa, la afirmación de unos derechos de las comunidades políticas sobre o independientes de lo religioso, la negación de la esencia y toda inteligibilidad… Tómalos y agrégales el gnosticismo pauliciano y bogomil que traen los cátaros y el gnosticismo de Joaquín de Fiore, afirmados por los magos del Renacimiento (Reuchlin, Pico de la Mirándola, Paracelso, John Dee, Giordano Bruno) y revividos por Lessing, por donde llegan a Fichte, Hegel, Marx, Nietzsche, Heidegger, y tendrás el mundo actual, “pintao”.

Chistopher Dawson, ese gran historiador, compañero y amigo de Tolkien, de C.S. Lewis, de Chesterton, en su cuenta que da de la revolución en Occidente (Historia de la cultura cristiana, ensayo XVIII: La secularización de la cultura occidental y el surgimiento de la religión del progreso), arranca donde Voegelin: en Lutero. Tienen buenas razones; como yo tengo las mías. Es decir, en la época en que Ockham peleaba con el Papa, a favor de Luis de Baviera, y Felipe el Hermoso se llevaba el Papa para Aviñón, la Cristiandad, Europa, estaba empezando a PRESAGIAR grandes cambios; el impulso espiritual y la inspiración estaban puestos, pero ésa no era todavía la fractura de la sociedad. La fractura vino en el siglo XV. Desde ahí, Jones, Dawson, Voegelin, Orestes Brownson o cualquiera con un mínimo de aprecio por Dios y su orden y un mínimo de cultura verá las mismas cosas: el avance de la revolución: el surgimiento de los “políticos”, prefiguración lejana de Voltaire, gente a la que le importaban un pepino los principios, que querían hacer negocios y repartirse el poder, en la guerra religiosa de Francia, será una señal y un avance importantes; la revolución iconoclasta de los Países Bajos, con sus 20.000 altares ultrajados, será un paso; el tratado de Westfalia, que puso fin a la Guerra de los 30 años, entre España y Francia y los nórdicos, será otro paso capital, pues ahí la religión dejó de ser el principio central de los asuntos internacionales europeos, el Papado dejó de ser la institución más importante y los estados nacionales en cuanto tales se creyeron independientes, no sujetos a la moral y confiaron sus relaciones al principio IN-moral del mayor poder. Cuando Inglaterra decide que es mejor traicionarse a sí misma antes que permitir que su legítimo rey fuera un católico, lo tumban y ponen a un usurpador, traidor, de la propia familia real y extranjero y cuando Inglaterra, por astuta, se pone a dirigir los asuntos de Europa, derrotando, incluso a la más poderosa Francia, la revolución daba pasos de gigante: la mal llamada Ilustración era asunto de trámite. Así llegaron John Tolland, Misset de Roussy, Locke y otros tempranos radicales revolucionarios, ateos, etc., a la prominencia, desde Holanda hacia Francia. Luego vino el traidor de Jean Marie Arouet, Voltaire, el amante de Inglaterra, odiador de Francia, por ser odiador de Dios y su Iglesia. Más adelante, el “reformador”: Rousseau, tomando de Locke y de Hobbes, convirtiendo a la naturaleza en una especie extraña de comunismo y gnosticismo. Phillipe Egalité, los masones, 80 años de propaganda, los jesuitas expulsados, los revolucionarios ocupando los puestos de aquéllos: ¡¡¡¡¡PUUUUUNN!!!!!! Quid est istud? La révolution: 1.789.

Desde la mal llamada “Ilustración”, dice Dawson, Occidente se convirtió en revolución, decidió hacerse revolución: un continuo destruirse en el desorden. Es decir, se rechazó al Cristianismo, pero se tomaron varios de sus símbolos principales, entre los que destaca la escatología, la creencia en que el mundo tiene un fin, que la historia no es cíclica, como la totalidad de las doctrinas humanas hasta la Revelación bíblica, se lo secularizó, se puso como ideal a alguna idea o a algo valorado por algún “reformador social” y listo: tenemos el sentido de la historia, uno sacado del Cristianismo, pero sacado de ahí por el infierno: el sentido es el progreso. Occidente aoptó como religión al progreso. Voegelin da otras pistas: rechazando a Cristo, Occidente abrazó el gnosticismo modernista, que es voluntad de poder, que es negación del orden de lo real y el intento de imposición de ideas de la cosecha de algún loco: Marx, Hegel, Nietzsche, Heidegger: la conclusión es la misma: Occidente se hizo revolución. Se debe agregar algo: quitado lo que daba identidad a la sociedad, más bien, puesto eso como objeto del odio rabioso e inclemente, la sociedad se quedó sin base: la conclusión es la misma: se convirtió en un magma en permanente movimiento, en revolución. Al principio, eso no era general. Las sucesivas revoluciones fueron barriendo el mapa y lois movimientos elitescos del principio se hicieron de masas. Como quieren dominar y la dominación requiere de la mente, todos aplican a Orwell: “quien controla el presente controla el pasado; quien controla el pasado controla el futuro”: tienen una enorme necesidad de mentir sobre la historia, en mentiras cada vez más descabelladas, pero siempre justificadoras de aberraciones cada vez más locas, asesinas, anti-orden. En eso coinciden Dawson y Voegelin.

Pero todavía la cultura permanecía fuerte, la mayoría se conservaba bajo parámetros familiares sólidos. La piedra filosofal fue

Justine, de Sade: lujuria descontrolada, que desemboca en desprecio, que acaba en la conversión en mero-objeto, que desemboca en violencia homicida.  Así es que te libera la revolución

Justine, de Sade: lujuria descontrolada, que desemboca en desprecio, que acaba en la conversión en mero-objeto, que desemboca en violencia homicida. Así es que te libera la revolución

descubierta, no obstante. Desde los comienzos de la revolución, unos personajes privilegiados habían visto todo su alcance. Percy Shelly, Mary Wollsotonecraft y su esposo William Godwin, William Blake, Lord Byron y, por sobre todos, el Marqués de Sade. Alguien que descubrió su alcance, pero la aterrorizó, fue la esposa de Shelly, hija de Wollstonecraft y Godwin, Mary Shelly: la revolución es Frankenstein… y, a la manera del materialismo cientificista, vive de electricidad. Es como Sade: todo “bello”, placentero, al principio; luego, lo juguetón y deleitable de la pasión sin freno, se convierte, con el desprecio de todo bien, en bestialidad homicida. Frankenstein.

Desde principios del siglo XX, Estados Unidos iba a jugar un papel enorme en los sucesos del mundo. Su aporte, aparte de su dominación política, económico-industrial-comercial, iba a ser IN-cultural. En Greenwich Village comenzó todo o ahí cristalizó, lo que traía ya Freud de Viena y Emerson de Nueva Inglaterra. No es por nada que el éxito de Freud se disparó en sus viajes a Nueva York. Luego rían muchos a para ahí. Su sobrino, Eddie Vernays Freud, desplegó allí su carrera de padre de las RR.PP.: la que lo llevó a ser un factor impresionante de nuestro mundo. Una verdadera revelación: las masas se manipulan, la democracia es vehículo de dominación potente. Vean un solo ejemplo: inventó el sintagma Banana Republic para destruir gobiernos centroamericanos en los años 30, pagado por la National Fruit Company, luego Chiquita. Ahí estaba la piedra filosofal: una especie de bohemia, una liberación radical: “niños: libérense de sus padres”, ésa que hoy se quiere llevar al extremo: los derechos de los niños. Los bohemios de Greenwich Village fueron la primera avanzada de una operación impresionante de dominación, la más impactante y devastadora de la historia, una que no necesita de fanáticos asesinos, sino de tontos suicidas, filicidas, etc. Es la de los Beats de Jack Kerouac, la de los hippies, la del Pop de Warhol, el folk de Dylan, el Gospel de Ray, el Rock de Elvis, la revista de Hefner, la de las costumbres sexuales del “americano” [violador] medio de Alfred Kinsey y paremos de contar: todo lo que vino de éstos.

Es la revolución, nuestra prisión, la erupción del mal, el diablo desatado, 1720 MM de bebés asesinados en 40 años, por sus propias madres… Seguiremos exponiendo de qué se trata, en lo que sigue de esta serie, de este servicio a la rebelión del amor verdadero, del amor hermoso, la rebelión de la esencia…

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