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La herencia del oscurantismo (I)

Como dice Oewell, quien controla el presente controla el pasado, quien controla el pasado controla el futuro

Monjes de órdenes de los siglos XII y XIII: símbolos de oscurantismo puro

Monjes de órdenes de los siglos XII y XIII: símbolos de oscurantismo puro

Si bien todas las civilizaciones están en un mismo nivel, en cuanto a lo que aportan a la humanidad, en cuanto a su capacidad para poner condiciones para el despliegue de lo humano, la sociedad occidental, en su etapa cristiana, es, indudablemente, la sociedad más oscurantista de la historia. En Grecia, se encontraron muchos puntos centrales que ponen a esa civilización, la helénica, en un lugar muy especial. En Roma, se desarrolló el derecho, el espíritu cívico y la conciencia de una sola humanidad, como en ninguna otra parte. En el antiguo Israel, se defendieron puntos de moral, de dignidad y de teología de enorme trascendencia. Pero sólo Occidente, el verdadero, el original, el cristiano, reúne lo aportado por griegos, romanos y  e israelitas supera en una síntesis admirable sus aportaciones. No es que las otras sociedades no tengan sus particularidades capaces de enseñarnos cosas relevantes; no es que haya existido una sociedad humana perfecta absolutamente, pues nada humano lo es. Pero el Occidente cristiano, con sus limitaciones y sus sombras, es un faro enorme de luz.

Eric Voegelin da la clave para saber qué hace luminosa u oscura, más luminosa o más oscura a una sociedad. Hoy en día se dice que se trata de renegar de Dios y de que el hombre tenga dignidad y alma; pero puede que, desde la perspectiva que responda a la realidad, esos “criterios” de esta del Occidente, la progresista, la de la religión del progreso, sean la que terminen por condenarla: en el juicio de la historia… así como a los dolores más espectaculares, bajo los totalitarismos y las guerras, verdaderas o ficticias, a lo Orwell, entre ellos. No se hacen sociedades humanas por los niveles de producción ni con electricidad ni con aparatos electrónicos. Herramientas muy buenas no dan un fin elevado. Eso, sinceramente, da vergüenza y lástima. La elevación de la sociedad procede de una espiritualidad superior. Una sociedad bárbara es una en la que las relaciones se conciben como de sangre y el poder como propiedad familiar. La civilización VE las relaciones cívicas y el poder como un servicio al bien común, un mandato público, del todo social en cuanto tal. La altura social supone una concepción elevada del hombre y de su valor y una distinción neta entre los aspectos de lo humano: lo gubernativo, lo religioso y lo sapiencial, en primer lugar. Una sociedad que cree que el hombre no es más que un poco de plstilina, que se puede moldear como se quiera, como quieran quienes puedan, los poderosos; que ellos pueden asesinar y desterrar y atropellar a la religión y a la sabiduría, es una sociedad de lo último. Un totalitarismo es uno que no reconoce esas distinciones. El Occidente del progreso, el revolucionado, el que se define por la revolución, éste, es una pobre sociedad, si se puede llamar así, a este mundo de drogas y de Play Boy y de play station.

En Grecia, se descubrió la ciencia, que se podían investigar causas impersonales (no animistas, por ejemplo) y universales de los fenómenos. Allí se descubrió la filosofía, un estudio racional más profundo aún, que busca en toda la realidad sus causas, su sentido, su origen último, echando mano incluso de los aportes de la ciencia y juzgando de ellos. Los grandes clásicos griegos hallaron la inmaterialidad y al alma, como constitutivo trascendente del hombre, capaz de hallar ese sentido, como la responsable de hacer esas investigaciones científicas y filosóficas, como sensorio de trascendencia y juez incluso de la justicia de la sociedad, que ya no era provincianamente medida de la humanidad, sino un caso más de las miles de comunidades, que debían realizar lo ordenado, justo, sabio, virtuoso. En esas condiciones, el ligamen de la comunidad, en la virtud y la verdad, vieron que era la philía politiké, la amistad ciudadana, en lo que consiste la ciudadanía, ese vínculo común de todos los que son partes conscientes de un todo; ahí hallaron el bien común, el bien propio de ese todo en cuanto tal. Nació el republicanismo. Y se dieron los primeros pasos de distinción entre lo público y lo privado, con la invención de algunas de las instituciones no gubernamentales más importantes de la historia: la academia platónica y el liceo aristotélico; así como en el hallazgo por Aristóteles, al criticar a Platón, del tipo de comunidad que era la política, con vínculos muy diferentes de los familiares.

Los romanos encontraron que el derecho es ese orden de todas las relaciones sociales y que las leyes son expresiones imperfectas de dicho orden, que deben ser interpretadas de manera que nunca se aparten del mismo. Además, encontraron un universalismo en ciernes, al encontrar el derecho de gentes, aunque fuera en parte merced a la pérdida del sentido de la romanidad. Además, en su momento, al vencer a los impulsos imperialistas de todos sus rivales, trajeron una paz muy necesaria para la expansión de esa conciencia de la unidad de la especie, de la universalidad de la humanidad. Dieron impulsos imponentes a la afirmación de la virtud cívica, como virtud central, lo que es un impulso muy importante a la caridad y la generosidad.

Los judíos vieron la diversidad de los oficios del rey, el profeta y el sacerdote, si bien permanecieron como una teocracia, siendo el rey un ungido del Señor. Pero, lo más importante procede de los Diez Mandamientos y su moral elevada; en la que destaca el monoteísmo celoso y sin compromisos ni concesiones y, por sobre todas las cosas, la alianza de Dios con la humanidad. Alianza real, efectiva, que tuvo lugar en la historia, pero que sólo como idea ya es de una importancia descomunal: un Dios creador universal y trascendente, personal, que se compromete a la salvación de los hombres. Como realidad, la puesta en escena del cumplimiento de esa promesa, mil veces anunciada por los profetas y llevada a cabo por el mismo Dios, que entró en nuestra temporalidad…

En el próximo artículo se verá, por comparación, cómo el oscurantismo transformó estas luces… No se lo pierdan, ya está publicado.

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