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La expresión del Esplendor en la época del esplendor (A)

Serie sobre estética, subjetivismo e historiografía del arte occidenntal, quinto inning

La herencia de San Francisco al arte: realismo, perspectiva, edificación por la vista, amor a la humanidad de Cristo, pare de contar

La herencia de San Francisco al arte: realismo, perspectiva, edificación por la vista, amor a la humanidad de Cristo, pare de contar

En el siglo XII, el personaje del siglo, San Bernardo, el gran cisterciense (igualito que hoy), todavía se preocupaba porque las pinturas y esculturas tan bellas distrajeran a sus monjes de la piedad y la devoción. A finales del siglo y principios del siguiente, otro grande, San Francisco, responsable de la fusión del amor cortés y romántico con la religión y, por tanto, con todo el espíritu de Occidente, ponía su genio casi sin igual en este asunto: la vista es instrumento del espíritu, por su medio, se pueden tener las más grandes experiencias espirituales (Papa, El arte como instrumento de la espiritualidad: la perspectiva, Zenit, 18-01-11). Comentando esto, podemos decir que San Francisco tiene razón: la vista, en el hombre, puede ser espiritual, pues, en él, todo lo es, salvo que se corrompa, por una conversión inversa, de un volverse, voltearse, de lo alto a lo bajo. El arte occidental, cristiano, los siguientes cinco siglos daría razón al Poverello di Assissi.

Así, la predicación de San Francisco fue convertida, de acuerdo con sus propias concepciones, en fuente del gran arte Cristiano. De ella nació, nada más y nada menos que el pesebre, y, más que eso, el realismo representativo del arte occidental, así como de toda la narrativa, la filosofía, la ciencia [así es, tal cual, amigos, aquí hay que buscar la raíz de que Occidente tomara el testigo de la ciencia y la llevara a donde ha llegado] y la espiritualidad. De acuerdo con este ánimo, el arte pasó a ser medio espiritual para la participación de los fieles en el “Misterio Tremendo”. Un ejemplo maravilloso de esto lo presta el gran Preseppe di Greccio, el pesebre pintado en la Basílica Mayor de Asís, atribuido a Giotto, inspirado en un episodio de la vida del santo en la población de Greccio. “El realismo representativo se convierte en una forma de participación afectiva de los fieles a los hechos narrados en los Evangelios. La vista viene exaltada como un sentido espiritual y la representación artística como un instrumento de espiritualidad” (Ibíd.).

La orden franciscana, pues, se toma en serio la estética: en el Capítulo General de la orden de 1260, con la presidencia de San Buenaventura, dedican normas al asunto: el arte no debía admitir lo superfluo ni lo insólito, no debía incitar el sentimentalismo ni la fantasía, debía ser sobrio instrumento de la devoción, de la meditación y de la formación: las iglesias de la orden se llenan de arte que hace que el fiel esté presente en los sucesos evangélicos.

El arte, entonces, pasa a ser narrativo y descriptivo, “realista”. Este estilo se hace característico de Occidente no sólo en el arte, sino incluso en la espiritualidad; al menos, hasta el siglo XVII. “El sentido realista de la narración se convierte en una característica de la espiritualidad occidental, y no sólo aparece en el ámbito franciscano y en las artes figurativas: por ejemplo en los Laudes del franciscano fray Jacopone da Todi o también en las Meditationes Vitae Christi, texto ampliamente distribuido, en el que la vida de Cristo narrada en los Evangelios se traduce en imágenes ricas en detalles; también la Legenda Aurea, escrita al final del Duecento por el obispo dominico monseñor Jacopo da Varazze, exprime la necesidad narrativa y se convierte, por otro lado, en un instrumento de realismo artístico, de hecho la Legenda Aurea es, indudablemente, una de las mayores fuentes iconográficas para los artistas durante todo el siglo XVII” (Ibíd.).

Se va abandonando la iconografía que tiende a poner a las representaciones en una dimensión espiritual atemporal, como era característico de los bizantinos, a favor de este realismo al servicio de una historia que sirva a la meditación espiritual, que sirva a la reproducción de los hechos narrados en los textos sagrados. Se busca representar a Cristo y los fieles en el mismo plano, aparecen juntos en las obras. Los renacentistas representarán a Cristo y los apóstoles bajo figuras de contemporáneos, además de lo anterior.

Para Santo Tomás, el arte sirve a la formación de los incultos y a la devoción. Para Monseñor Sicardo, obispo de Cremona, la escultura, por su tridimensionalidad, se hace familiar a los fieles y, por tanto, los invita a la virtud. “También en el Rationale escrito por un canonista de la curia romana, monseñor Guillelme Durand, obispo de Mende, se explicita que la imagen es superior a la escritura porque implica la participación de la vista” (Ibíd.).

Como un signo claro de la unidad espiritual de la Cristiandad en este período histórico, los artistas asumen estos elementos de espiritualidad, pues ellos hubieron de colaborar en la construcción de las iglesias. “La necesidad de representar al mundo real de manera mimética hace que se ponga la atención en las luces y en las sombras para representar mejor los volúmenes de los cuerpos”, como sucede, por ejemplo en la escuela de Giotto (Ibíd.).

Es así como nace un elemento trascendental de la representación pictórica, en el luminoso mundo de la Cristiandad: en el siglo XIII, la necesidad de realismo que caracterizaba a nuestra civilización por entonces hace que se den cuenta de la dimensión geométrica del espacio representado y de la necesidad de reconstruirla, ésta es la génesis de la perspectiva. Cito a Papa: “La prueba de este

Giotto: un precursor de la gran pintura cristiana, del XIII al XVIII. Aquí, San Francisco en La expulsión de los demonios de Arezzo.

Giotto: un precursor de la gran pintura cristiana, del XIII al XVIII. Aquí, San Francisco en La expulsión de los demonios de Arezzo.

suceso histórico se puede encontrar en la Basílica superior de Asís, en los dos frescos que se interponen cronológicamente entre las decoraciones más antiguas y las intervenciones decorativas de Giotto, como también en los frescos que reproducen Le storie di Isacco. El autor, conocido como el Maestro di Isacco, realiza, de hecho, una maravillosa representación del espacio, demostrando que posee una técnica compleja de perspectiva. Sólo se encuentra este modo de concebir el espacio en su contemporáneo Arnolfo di Cambio; una hipótesis fascinante y avanzada a su tiempo (de A. M. Romanini), afirma que el Maestro di Isacco es el mismo Arnolfo, o sea el inventor de la perspectiva moderna. En cualquier caso, lo que resulta patente es que la gran innovación que supone la perspectiva aparece en la pintura por motivos de orden espiritual, para hacer presentes los eventos sagrados y para involucrar a los fieles de la época en los hechos narrados” (Ibíd.). Anótese bien el hecho: la unidad espiritual de la Cristiandad hace que todo se vea en un espíritu común; de ahí, el arte se pone al servicio de esa espiritualidad y, así, descubre la perspectiva, haciendo reflexión geométrica sobre la realidad, en la que se busca lo trascendente, para elevarse hasta ello: el Espíritu guía descubrimientos científicos y artísticos trascendentes. En la decadencia, olvidando esto, gente como Le Corbusier, por ejemplo, querrá reducir lo bello a meras figuras geométricas, olvidando de dónde salió la posibilidad misma de que él pudiera hablar de arte y geometría…

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