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Cuando el amor y la dignidad son invencibles: Largo Camino a la libertad

The Way Back: El director Peter Weir con su reparto: Ed Harris, Jim Sturges, Saroirse Ronan, Colin Farrell, Gustav Skarsgaard, Alexandru Potocean, Dragos Bukur

El impulso del amor y la libertad, superando obstáculos increíbles

El impulso del amor y la libertad, superando obstáculos increíbles

Un soldado polaco, en 1939, es torturado por el régimen soviético en la parte este, oriental, de Polonia, en la parte que le tocó a Stalin, cuando se repartieron el país el par de prohombres, para dar comienzo a la Segunda Guerra Mundial. Querían que confesara que hablaba mal del camarada Stalin, o sea, que era “enemigo del pueblo”; y que era espía extranjero. Como no lo lograron con él, entonces usaron a su esposa, que no pudo resistir, quién sabe qué aguantó la pobre. “Janusz vas pal Gulag, 20 años, a morir allá, lentamente, mientras alimentas y engrasas la máquina del imperio soviético”.

Ahí encontró profesores, curas, contadores, artistas, ingenieros, turistas, gente de las cuatro esquinas del planeta, incluso de los Estados Unidos. Uno que fue a conocer Rusia, osó tomar una foto del Kremlin: espía, 25 años. Otro represento en una película a un aristócrata: demasiado buena representación, dignifica a los enemigos del pueblo, 10 años. Unos campesinos tenían unas tierras, con empleados a su servicio: explotadores, para siempre. Unos delincuentes de lo último, asesinos, ladrones, estafadores: productos del capitalismo, víctimas, amigos del pueblo: los años que sean, pero como señores del Gulag, llenos de privilegios…

Sobre los prisioneros recaía el hambre (había, incluso, ciegos de desnutrición), una recompensa, la vigilancia, las condiciones infrahumanas, el clima, el agotamiento del trabajo sin descanso y los 13 millones de kilómetros cuadrados de una de las regiones más inhóspitas del planeta: Siberia. Escapar parecía locura. Janusz sabía lo que es el hombre y, como San Jerónimo, en su carta 132, del 409, cuando Roma caía ante las invasiones bárbaras, prefería morir como hombre libre a que su humanidad sucumbiera y tuviera que vivir una existencia indigna.

En una tormenta imposible, con una temperatura que de seguro rebasaba los 50 grados hacia abajo, se lanzó con sus seis compañeros: Mr. Smith, el ingeniero estadounidense, Zoran, el contador, Valka, el delincuente condenado por sus compañeros “amigos del pueblo”, Tomasz, cocinero y artista, Voss, el sacerdote letón, Kazik, el primero que “murió como un hombre libre”, un polaco que no aguantó, por estar ciego por desnutrición: se congeló. La tormenta, aunque lanzarse contra ella fuera casi suicida, era su oportunidad, porque haría que quedaran atrás unos perseguidores que no avanzaban por sus vidas, al tiempo que los mismos no podrían seguir su rastro, borrado irremediablemente por la tormenta.

Emprendieron la marcha, 500 kilómetros hasta el lago Baikal, uno de los grandes lagos del mundo, de hecho, el lago de agua fresca más voluminoso del planeta Tierra, de unos 640 kilómetros de largo. Luego vendría llegar a Mongolia, atravesarla, subir por China, atravesar el Himalaya, para, finalmente, llegar a la India. Quizás, una descripción ajena pueda ser más útil que la que yo pueda dar, para que se den una idea: se trata de las misiones de Juan de Plan Carpino en 1.246-47, padeciendo hambre y frío y desnudez, a través de toda Asia, por lugares solitarios, donde los únicos signos del hombre eran los huesos de los muertos y las ruinas de ciudades abandonadas, y de Guillermo de Rubrouck en 1.253-54 hasta la corte del Gran Kan en la Mongolia Interior; llevaron al sucesor de Gengis Kan la cartas del Papa, pidiéndole dejaran vivir a los inocentes europeos orientales. La respuesta del Kan, traída por Carpino, fue descubierta en el siglo XX por Pelliot, siendo un documento notable (Dawson, Religion and The Rise of the Western Culture, cap. XI, 1.950). Algo así fue la travesía de nuestros héroes, junto a la bella y dulce Irene, que recogieron insólitamente por el camino.

Un poco después de llegar a Mongolia, luego de atravesar Siberia y el lago, más de mil kilómetros de frío y hambre y 500 de sed, cerrados, consiguen un monasterio budista; tienen miedo, pueden ser colaboradores, pero necesitan ayuda, en sus terribles necesidades; entran: muerte y destrucción es lo que encuentran. Voss, el sacerdote, le explica a Irene: lo mismo hicieron en Rusia o en su Letonia los comunistas, destruyeron iglesias y conventos, mataron curas y religiosos, a diestra y siniestra. Aparecen todas las imágenes horrorosas, las de la película Los gritos del silencio (The Killing Fields), por ejemplo: campos sin fin de muerte y destrucción, familias destruidas, comunistas poniendo a niños a esclavizar a sus padres, padres pidiendo clemencia o respeto… hijos cometiendo parricidio… De eso huían nuestros amigos. Y mueren algunos, mueren, pero conservan su dignidad, mueren como hombres libres. Muere la dulzura de Irene, muere la sensibilidad masculina del artista cocinero, Tomasz.

Valca no pasa a Mongolia, ¿una premonición? Los desiertos que evocan la potencia guerrera de Gengis Kan, que la explican, casi acaban con todos, ahí quedan derrotados los cuerpos de la bella y el buen amigo, sepultados cristianamente. Al llegar a China, a la Gran Muralla, todavía libre de la revolución más mortífera de la historia, un suspiro de alivio y, ante el Himalaya, comparado con los kilómetros sinfín de la estepa mongoliana, parece buenas noticias. Y llegan a tierras habitadas por los hombres, lo que significa lo obvio… y no tan obvio, para quien ha tenido que sufrir tanto, tierras habitables por los hombres.

Se les ofrece hospitalidad, pero Janusz no puede, él tiene una meta, una meta secreta. Todos tiene demonios: Smith, el gringo, no se perdona por haber llevado su hijo a Moscú, a que los comunistas lo obligaran a hablar mal de su padre y luego le volaran la cabeza, a la manera de los comunistas. Voss mató a uno de los que asesinaron a sus compañeros sacerdotes y quemaron su iglesia… Janusz no

El director Peter Weir con su reparto: Ed Harris, Jim Sturges, Saroise Ronan, Colin Farrell: ¡¡¡soberbio!!!

El director Peter Weir con su reparto: Ed Harris, Jim Sturges, Saroirse Ronan, Colin Farrell: ¡¡¡soberbio!!!

tiene demonios, no suyos, tiene unos prestados, tiene necesidad de exorcismo: “yo seguiré siempre andando”, dice este héroe increíble, este dechado de amabilidad, como decía Smith.

Llegan a la India: 1942. Termina la Guerra; Se forma el Imperio soviético; el Ejército Rojo invade Budapest en 1.956; luego le toca a Praga, en 1.968. Se funda Solidaridad en Polonia: Lech Valesa, Juan Pablo II: 1.981. Cae el comunismo: 1.989.

Llega la última escena, el héroe exorcista Janusz entra por la puerta de una casa conocida al espectador, él soñarla en una mina cuando estaba en el Gulag casi le cuesta la vida. Adentro está su amada, esperando, como Penélope, pero sin ninguna esperanza, sin perdón de Janusz o de sí misma… como todos los hombres, esperando redención, liberación. Entra Janusz, vence el amor, satán sale corriendo. Ha vencido el bien, ha vencido la batalla imposible, miles de kilómetros, todo un planeta, la erupción del mal, como la llamó el gran Juan Pablo II, ha vencido todo, al clima, al corazón y sus heridas. Se dan la mano… el matrimonio es indisoluble, Vive la belleza impoluta, el hombre tiene esperanza…

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