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El Esplendor divino es encarna en formas humanas

Serie sobre estética y subjetivismo, tercer round

La prístina e infinita belleza divina se efunde en multiplicidad infinita, al crear, al transmitirse a sus criaturas

La prístina e infinita belleza divina se efunde en multiplicidad infinita, al crear, al transmitirse a sus criaturas

En el artículo anterior, nos preguntamos una pregunta muy preguntona para todos los hombres: ¿qué tienen de común, por ejemplo, la belleza de Miss Universo y la de la Madre Teresa de Calcuta cargando a un bebecito desnutrido y la de una cucaracha y la de la trigonometría? Respondimos que todo esto tenía en común el esplendor, una luminosidad, que remite, podemos añadir, a una plenitud y una proporcionalidad dignas de nuestra entrega radical, o sea, que pueden hacer que valga la pena nuestras vidas o ciertos esfuerzos. Eso, amigos, es algo que me llena de ilusión y esperanza, porque esa respuesta es verdadera, pero está incompleta, si nos fijamos bien. Porque, ajá, sí, todos tienen ese esplendor, pero, ¿de dónde les viene? Ya que, aún pareciendo provenir de orígenes tan distintos, esos esplendores comunican en ser esplendores, tiene que haber algo de donde salgan todos, en realidad. Así es, tiene que haber una “Belleza” de las bellezas, si es que todas ellas son de verdad lo mismo, como mis hermanos y yo somos hombres todos, ya que venimos de los mismos papás humanos. Esa Belleza es la Fuente misma de la realidad: lo dijimos, las bellezas son las realidades, las cosas, los seres. Así que el Ser del que viene todo es también la Belleza de la que vienen las bellezas. Dios es, entonces, mis hermanos, esplendor, luz, luminosidad, plenitud brillante. Por eso es que da ilusión, porque, así, la realidad proviene y es gobernada por la Suma Fuente de delectación, superior a todo lo que podamos imaginar. En Él, comunican, en cuanto bellas, todas esas cosas que llamamos bellas.

Pero hay algo que es claro, de todos modos. Fíjense: la muchacha bella no puede ser bella como las otras bellezas que dijimos. Es más, puede ser que una misma cosa sea muy bella a un nivel y, a otro, muy fea y viceversa. La cucaracha es fea a los sentidos y bella a la consideración de la inteligencia, sobre todo para el que entiende bien su estructura y sus procesos vitales: un biólogo. Una canción puede tener una musiquita agradable y una letra horrorosa (como Losing my Religion, de REM). Entonces, las cosas pueden participar del esplendor a dos niveles: el de la vista o el oído y el de la inteligencia. Como la Belleza suma se halla en donde está la inteligencia y lo espiritual, aunque la belleza sensible sea belleza real, la belleza espiritual es más real todavía, es belleza con mayor razón.

Toda nuestra conducta, en cuanto es expresión de lo que llevamos dentro, puede ser portadora de esa plenitud: por eso hay “bellas personas”. El objeto del arte es expresar sensiblemente esa belleza sublime, suma; es ser vida interior de las sociedades y la humanidad, llevando sentido a nuestra existencia, por esa expresión del Esplendor divino, en sí mismo o en cuanto se da en la naturaleza y en lo humano.

Pero eso no se logra así nada más. Es algo difícil, no es común ver a espontáneos produciendo al nivel de los maestros; aún los artesanos ingenuos son miembros de tradiciones luminosas. Amigos, ser un gran artista requiere de talento y genio, pero eso se desarrolla. Lo primero que necesita un artista es vida interior, una vida del espíritu que se desborde, como el Ser de Dios al crear, que se desborde al componer, que se rebase y, así, pueda participar de su caudal a la sociedad. El arte requiere, para empezar, de tema, de tema sublime, aunque sea hallado en lo simple, en Las Segadoras de Millet, o en lo grandioso, como El Juicio Final de Miguel Ángel. Luego requiere, obviamente, de técnica: si no aprendo nunca a pintar, si no cojo jamás una hoja y un lápiz o un lienzo y un pincel, ni que mi talento supere al de Miguel Ángel y Rafael juntos valdré yo nada como artista. Finalmente, las obras necesitan de “alma”, necesitan hablar, gritar, cantar, iluminar. Faltando uno solo de los rasgos, la obra carecerá de valor; y lo tendrá en la medida de su posesión de cada uno de ellos. Técnica y alma con temas horribles, viciosos, por ejemplo, sólo servirán para corromper; alma y tema, sin técnica, darán lugar a efusiones de pasión, sin orden y sin posibilidad de apreciarse; tema y técnica, sin alma, resultarán en buenos motivos, pero sin atractivo.

Todo esto, sin embargo, debemos saber, se da en modos sociales. Todo lo humano, aún lo eterno, suprahistórico, intemporal,

Leonardo: Última Cena. Obra completa, encarnación de la belleza. El Tema: en una Ocasión usual para los judíos, se manifiesta el más espectacular Amor

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universal, se da en formas culturales, se encarna. Eso es bueno y necesario. Podemos remontarnos sobre nuestras formas particulares, comparándolas con otras y viendo lo que, en cada una, es común a las demás, por casualidad o porque es, precisamente, universal, metacultural. Como con la notación musical y el pentagrama: recoge lo universal de la música, pero es expresión particular de Occidente, desde la Cristiandad latina, mal llamada “edad media”. Pudo expresarse de otras maneras, puede haber otros idiomas que expresen esta realidad. Aunque éste sea tan perfecto. La cultura particular, entonces, es vehículo de lo sumamente esplendoroso y lo es más, a medida que se eleve más en sus visiones de lo humano, la metafísica y la religión. No es como dice Nietzsche, que la civilización, la filosofía y la religión sean cadenas que aprisionan el arte. Todo lo contrario, son sus motivos, sus vehículos y sus maestras.

Si nos fijamos bien, de lo que hemos dicho, se ve que el arte puede ser mejor o peor, por la técnica, el alma, los motivos; así como también por la vida interior de la comunidad y el artista, el esplendor de la comunidad, sus visiones antropológicas, éticas, políticas, metafísicas y religiosas. Una sociedad en crisis tenderá a producir un arte de crisis, sus expresiones serán propias de la misma. Una sociedad descreída, cansada, avejentada, disgregada, sin esperanza, llena de cinismo, de inmoralidad, de depresión, de desencanto, producirá un arte muy distinto de una vigorosa, consciente de lo que le da sentido y unidad, vital, esperanzada, alegre, optimista, preñada de sentido, de amor, de vida. Vivimos en una sociedad como la primeramente descrita; hace varios siglos que esta civilización, que abandonó a Cristo por el “progreso”, su nueva religión, de la que viene desencantándose también, se embarcó por caminos de desesperanza. Quiero que veamos las grandes diferencias entre el “arte” actual, si se le puede llamar así, y el anterior, hasta el Barroco, para que nos sea claro. Eso, no con ningún ánimo de despotricar de nuestra mala suerte, sino para que nos orientemos y busquemos las expresiones autenticas de lo que nos puede llenar de bien y amor y esperanza y vitalidad, a nosotros, a nuestras familias, a nuestras amistades… y con plena conciencia de lo que hacemos.

Arte bueno y arte malo: el esplendor y la crisis de la sociedad: desde ahora, hablaremos en concreto de esto, siguiendo a Rodolfo Papa, un gran experto italiano, artista, profesor de arte, de estética y de historia del arte en varias academias y universidades italianas.

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