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El gran orco blanco, el profanador de nuestro cuerpo: la pornografía

Vicios adicciones y remedios: esclavitud y libertad (II)

Justine, de Sade: lujuria descontrolada, que desemboca en desprecio, que acaba en la conversión en mero-objeto, que desemboca en violencia homicida. Como dicen reconocidas feministas, dada la experiencia, "¡viva ESTA forma de LIBERACIÓN femenina!": destrucción de mujeres y hombres

Justine, de Sade: lujuria descontrolada, que desemboca en desprecio, que acaba en la conversión en mero-objeto, que desemboca en violencia homicida.

El primer vicio del que quiero hablar es de ése que destruye hogares y vidas de niños, en consecuencia, junto con la psicología toda del pobre que caiga en ella: la tendencia descontrolada en lo que se refiere a la pornografía y demás asuntos referidos al sexo.

El tema se tiene que tocar desde dos puntos de vista, el del mal y el de la perspectiva positiva. Para empezar, el punto que más me duele de esta cuestión es el del modo en que estas malas acciones destruyen a la propia persona. Es un terrible abismo. El que las sufre se mete por caminos muy duros de ceguera ante los demás y ante los bienes que se le dan. De hecho, se teje las redes en que quedará atrapado en el solipsismo, tendencia a una soledad radical, se tiende a hacerse muy miedoso y a ver en los demás a meros objetos, propende a la crueldad, como se ve en personajes históricos paradigmas de lujuria y crueldad, como Calígula y el marqués de Sade, entre muchos. Claro, en ese usar a otros como meros objetos, en actos que están hechos para la entrega, como dice Víctor Frankl, tiende a poner a los demás en el puesto de meras piezas de un solo mecanismo, que es mera extensión suya y su yo una especie de función de su placer: es algo como una borrachera de baja intensidad. Como, además, se trata de algo de “abajo”, la capacidad para la fe en Dios se ve severamente afectada, se tiende a la ceguera espiritual. Buscando satisfacciones instantáneas, se incapacita para las empresas de aliento, anula su constancia. Tiende a ser infiel e injusto en lo monetario; y, arrastrado hacia este tipo de “satisfacciones” y juzgando como el ladrón, por su condición, tiene terribles accesos de celos. No hay modo de que, así, no se vean afectadas las relaciones de esta persona. Un punto terrible se da cuando la pobre esposita de un hombre así esclavizado se entera: las pobres viven sintiéndose traicionadas y apocadas, sin contar, claro, lo que sufre la confianza. Como en todos los casos de estos vicios, el asunto tiende a convertirse en el “ambiente existencial” y en uno muy contaminado.

Pero, como en todo, ¡HAY ESPERANZA! Para empezar, arriba pinté un cuadro de mucha profundidad en el abismo, pero para que fuera muy claro en qué consiste el problema. Así se puede buscar mejor la solución. Lo primero es esto: la esperanza, muchachas [digo, féminas, porque suele ser vicio de varones,

Santo Tomás tomó medidas radicales para vencer a la tentación, que él no buscó... y Dios le concedió la paz en cuanto a este apetito

Santo Tomás tomó medidas radicales para vencer a la tentación, que él no buscó… y Dios le concedió la paz en cuanto a este apetito

pero esto vale para todos], ténganla ustedes, ustedes no son menos, su esposo, simplemente, está como enfermo, ustedes siguen siendo las bellezas que son, además de su vida y su camino de salvación. Vean los problemas: solipsismo, ceguera para los bienes otros que el placer sexual, falta de esperanza, incapacidad, mayor o menor, para ver a otras personas y lo noble. No ataquen directamente el vicio, luchar contra lo resbaloso del hielo en la calle es mera tontería; pero, eso sí, eviten todas las tentaciones reales, lo más posible: que la imaginación no tenga imágenes sobre las que descarriarse. Es vital introducir los efectos contrarios: tiene que ver a las personas, tiene que ver la dignidad, cuando vengan imágenes de cuerpos mostrados de esa manera grotesca (para cualquiera que sepa lo que vale la intimidad y el amor conyugales), que las sustituya por bebés y mamás abnegadas, por Dios y la Virgen. Que se llene de esperanza; que sepa que te tiene, que puede verterse en ti, con todo y sus problemas, que es tu vida, tanto como tú la suya. Que rece, que lea libros sobre lo Alto, el Evangelio, sí, pero también Ana Karenina o Los Novios o El Señor de los anillos [o este blog] o tantos otros que hay: si enganchas una afición verdadera, puedes haber encontrado el camino de la liberación. Que se confiese cuantas veces sea necesario, sin miedo; que hable con un director espiritual. A lo mejor, amiguitas, tenemos necesidad de un psicólogo bueno, uno que sepa que hay orden en el mundo y personas en la parte alta de ese orden [cuidado con ésos que mandan a seguir los impulsos y quién sabe qué más: no te pongas nunca en manos de cualquiera]. Yo conocí a un compadre que venció el vicio cuando, al llegar las tentaciones, decidió tomar medidas radicales: se puso, varias veces, hielo en los calzones; luego de varios de esos “ejercicios”, en los que se mostró dispuesto a todo, con tal de no ceder al mal, unido a todo lo anterior, por cierto, logró que el “enemigo” se rindiera: cuando lo intentó otras veces, amenazó con la misma arma de defensa. Lleva décadas sin sufrir por aquí. Si tú, amigo, eres el del problema y el que lee esto, no te preocupes, haz tú estas cosas, vale la pena, tu vida y la de los tuyos mejorarán increíblemente. Como dijo San Rafael a Tobías: “Animo, hermanitos, pronto los curará Dios”, si se ponen en sus manos y hacen lo que es sano.

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