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¿La Intolerancia es la causa de la Inquisición? Tergiversaciones desenmascaradas (I)

Platón y Aristóteles: constituyen un paso decisivo en la conciencia de la humanidad

Platón y Aristóteles: constituyen un paso decisivo en la conciencia de la humanidad

De acuerdo con Eric Voegelin, hablando de la Inquisición, todo parte de un error: el Cielo se comió a la Tierra… en la cabeza de muchos cristianos. Según éste, entonces, no se trata de “intolerancia”, sino de un defecto en la interpretación de los clásicos griegos y del propio mensaje cristiano. Platón y Aristóteles, dice (y con razón), constituyen un salto ineludible de la humanidad, realizan hallazgos permanentes e ineludibles: vieron la inmaterialidad del alma, la connaturalidad del intelecto y el ser, el orden de éste, que es verdad, belleza y bien, su fuente en Dios, nuestra posibilidad de ascender por esta vía hasta el Hacedor del mundo y las relaciones de estas verdades con la virtud humana y el orden político. Estos hallazgos, que no postulaciones o modelos (al estilo de los ideólogos y “politólogos” de la “modernidad” y “contemporaneidad”, gnósticos de la revolución), constituyeron un verdadero salto en la comprensión de la situación existencial humana, en la comprensión de la estructura del ser: “con la diferenciación del alma como sensorio de la trascendencia, los estándares críticos, teóricos, para la interpretación de la existencia humana en la sociedad, así como la fuente de su autoridad, llegaron a ser visibles” (New Science of Politics, p. 156). Desde este punto, siendo la realidad la medida ordenada por un Ser absolutamente perfecto, para la que ser producida es ser ordenada, es decir, con un orden intrínseco, en la médula de su ser, el hallazgo no busca de ningún modo alterarla ni recrearla a la imagen de las fantasías del verdadero filósofo, que no es diseñador. El mundo político es encontrado en tensión hacia su realización plena, mirando a su fin y causa ejemplar en el orden trascendente. Al no realizarlo por completo, sólo puede hacer examen de conciencia, enmendar y esforzarse por realizarlo de un mejor modo (Ibíd., pp. 156-157).

Solzhenitsyn, en el pasaje citado en el artículo Solzhenitsyn y los reformadores sociales, ve muy claramente que una cosa es ver que la propia sociedad es imperfecta realización del orden y otra muy distinta el querer refundarla conforme a fantasías. Ahora bien, la sociedad tiene dos piedras de toque en cuanto al “ideal” que debe realizar: el Bien trascendente mismo, acomodarse a la Causa ejemplar (ese modelo al que se tiende y cuya realización es el sentido de la realidad de que se trate) de todo ser; y las ideas políticas centrales, los puntos y aspectos que hacen de esta sociedad, en sí misma y en la percepción de sus miembros, a través de la historia, una realización del orden cósmico, lo que Voegelin llama “teología política”, que rige toda realización del bien común, es decir, que es medida de la realización del mismo, es su punto más central, su núcleo (por lo que nunca puede estar divorciado del Bien anterior, en una sociedad sana o que quiera permanecer tal).

Pues bien, según Voegelin, ahí está el error. San Agustín desdeñó la teología civil y, desde él, la teología católica fue identificada totalmente con la teología civil occidental. Así, un hereje se convertía en un traidor. No se trata, para nada, de oscurantismo; occidente es luz, la Cristiandad latina, al menos y afortunadamente, lo fue, la mal llamada “edad media”. Se trata de que, a pesar de toda esa claridad de miras, merced al Cristianismo y a la herencia de los clásicos griegos, Occidente dejó de lado algo: lo estrictamente político, la ciudad se convirtió en Ciudad de Dios, sin distinción de ningún tipo; las sociedades particulares eran momentos de la Cristiandad; la verdadera realidad era la Iglesia; se prescindió del personal civil. No podía sino terminarse en algo como la Inquisición y, además, poco a poco, los estados, necesitados de autonomía, de capacidad para respirar en una esfera propia y “autónoma”, se hicieron enemigos de la Iglesia. ESO DICE VOEGELIN, el gran filósofo e historiador. Yo creo que la historia es muy distinta.

Para empezar, en el período de la historia de Europa y Occidente que se llama con propiedad Cristiandad latina (que no Edad Media), se dio la diferenciación diáfana, por primera vez en toda la historia de la humanidad, entre las esferas religiosa y gubernativa y aún entre lo público y lo privado en el ámbito político. Puede que parte de los defectos del Occidente en su etapa naciente y de crecimiento civilizacional sano estriba en la incapacidad de muchos para ver que, siendo la esfera de la Iglesia era superior a la gubernativa, sin embargo, la Iglesia no era una especie de jefa del poder civil. También es verdad que del lado opuesto se dio el vicio exactamente contrario: desde Carlo Magno, el poder político tratando de subyugar a la autoridad religiosa, en una historia que no es lineal y que tiene muchos avatares. Pero eso no es “culpa” de San Agustín, aunque, en muchas ocasiones él fuera citado para justificar algún exceso. Pues, para colmo, como dice Brownson, la interpretación correcta del gran obispo de Hipona sugeriría el origen de la sociedad en Dios, pero mediado por una causa segunda: el pueblo republicano (Orestes Brownson, The American Republic, p. 75,3). Estos son gajes y avatares de la labor de diferenciación de las esferas más luminosa y diáfana de la historia, nada más: dificultades humanas…

Personajes tan importantes como San Bernardo, el gran árbitro de Europa en todo el siglo XII, entienden claramente que

San Bernardo de Claraval, la conciencia europea del siglo XII, tuvo muy clara la distinción entre las esferas de autoridad de la Iglesia y de la sociedad política

San Bernardo de Claraval, la conciencia europea del siglo XII, tuvo muy clara la distinción entre las esferas de autoridad de la Iglesia y de la sociedad política

lo religioso y lo civil son esferas distintas. Y, la verdad, como apunta Brownson, desde Carlo Magno y sus pretensiones e intentos de ser él mismo Summus Pontifex, pasando por el conflicto de las investiduras y todos los problemas, incluyendo los de Federico Barba Roja y Federico II, hasta el siglo XIV, cuando empieza el eclipse de la Cristiandad (seguido por su noche, seguida del incendio gnóstico que pretende tragársela), la Iglesia tuvo conciencia de la independencia de los planos. Y la tuvo, en realidad, desde antes, desde aquella época en que Osio de Córdoba se enfrentaba Constantino II, en nombre de la libertad de la Iglesia: “Yo he sido un confesor en la persecución que tu abuelo Maximiano levantó contra la Iglesia. Si tú deseas renovarla, me encontrarás dispuesto a sufrirlo todo antes que traicionar la verdad y derramar sangre inocente… Recuerda que eres un hombre mortal. Teme el día del juicio… No interfieras en asuntos eclesiásticos ni nos dictes nada sobre ellos, sino, más bien, aprende de nosotros lo que debes creer en relación a ellos. Dios te ha dado a ti el gobierno del Imperio y a nosotros el de la Iglesia. Quienquiera que ose impugnar tu autoridad se pone a sí mismo contra el orden de Dios. Cuídate, a menos que quieras embarcarte a ti mismo en la culpa de un gran crimen, mediante la usurpación de la autoridad de la Iglesia. Se nos ha mandado dar al César lo que es del César y a Dios las cosas que son de Dios. No nos es lícito arrogarnos la autoridad imperial. Tú tampoco tienes poder en el servicio ministerial de las cosas sagradas” (Christopher Dawson, The Making of Europe, Catholic University of America press, Washington DC, 2.003, pp. 47-48).

No es, entonces, como dice Voegelin, no se trata de un desconocimiento de lo político. Por supuesto, mucho menos se trata del “oscurantismo”, que es lo que dicen los mendaces de la historia, los aspirantes a dioses usurpadores, los enemigos de la esencia, los autodenominados y mal llamados “ilustrados”, ñlos que dicen que ser enemigo de Dios es ser luz y que ser creyente es ser fanático y oscurantista. De éstos vienen los juicios injustos contra la Inquisición. Viniendo de ellos, mentirosos llevados por el odio malagradecido a su Creador, no puede sino ser una necesidad la revisión de los juicios… Eso, si queremos ser de la esencia y no ser tragados por lo infernal: la revolución…

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