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Es verdad, te lo juro

Serie sobre verdad y relativismo I

Mentiroso mentiroso: conoció la verdad y lo hizo libre

Mentiroso mentiroso: conoció la verdad y lo hizo libre

Romualdo decide mentirle a su novia, a Brunihilda: ella lo llama a las ocho de la noche y él le dice que ese día no se pueden ver, porque se va a quedar estudiando, ella le dice que está bien y que ella va a hacer lo mismo. A las once, ella ya está que no puede, tiene romualditis aguditis… lo llama: no puede vivir sin él, sin el que le abrió los ojos, el que le mostró la libertad, “podemos hacer lo que nos dicten los sentimientos, ¿qué se cree el cura ése?, cada quién tiene su verdad”… Al sexto repique del teléfono, la mamá atiende y le dice que salió con el amigo Arnulfo; ella llama para casa de Arnulfo y la mamá, entre el sueño y la rabia, cansada por toda la semana de trabajo y de lidiar con los muchachos y la casa, le dice que ellos salieron para un “palo e fiesta, pedazo de ruumba”, le asegura, chocante. A la mañana siguiente, la muchacha llama, haciéndose la desentendida, y le pregunta a su Romualdo por el estudio, él le dice que fue muy intenso y hasta muy tarde. Ella le responde –palabra clave–: “¡mentira!, la verdad es que estabas en una fiesta con Arnulfito”. Él, buen escéptico, le responde que cómo dice eso si la verdad no existe, “ya te metiste a monja otra vez”. Y, con su escepticismo, su “libertad” y todo, se queda sin novia, porque la verdad es que es un mentiroso infiel.

,Mientras, ella, muchacha reflexiva, se da cuenta de la más profunda de las verdades: “la libertad no es un engaño demoníaco, la libertad no puede consistir en negar lo más patente, la realidad en que vivimos, la libertad es poder decirle a cualquiera que pretenda tener poder sobre mí que lo que yo valga vale la lucha, que lo que yo valga no es asunto de arbitrios y caprichos, que lo que yo valga supone que todos valemos, que lo que yo valga no puede estar divorciado de mi realidad…”. Fue todo claro… que el escepticismo que compartía, al que él la había llevado, sacándola de la casa segura de su Fe inocente, infantil, al único sitio al que lleva es al contrario de la inocencia, al sitio en el que todo se vale, hasta la esclavización. Ella se sorprende de que haya una verdad y una certeza, al menos, y que ella las descubrió sin ningún problema: la verdad existe. Ya no es asunto de confianza ciega en las seguridades infantiles, es certeza fundada en una madurez… pero es un regreso a aquella inocencia, es un entregarse de nuevo a Algo que nos supera, a una realidad que no cambiamos a nuestro antojo. Ese descubrimiento abre para ella un mundo nuevo y, de hecho, le abre las puertas de la realidad inteligible, de la verdadera libertad…

***

El ejemplo habla por sí mismo, pero se ha de reflexionar sobre algunos puntos, a partir de él. El muchacho mentía porque lo que en la realidad había hecho no coincidía con lo que le había manifestado a su novia. Además, ella sabía que era falso, porque sabía cuál era la verdad: no podría haber noción de la falsedad si no se conociera la verdad. No es lo mismo error que mentira: cuando la muchacha no había averiguado la verdad, estaba en un error, tenía una creencia falsa, pero la falsedad no dependía de su voluntad; la mentira es decir voluntariamente lo falso. En el próximo seguiremos desenmascarando a ésta, una de las armas más potentes de la revolución nefasta de nuestros días.

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