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La Razón verdadera: la luz del Hinduismo y sus sombras

En la Tradición teológica greco-occidental, tenemos un tesoro inigualable

Este artículo es el tercero de la serie Una Luz en las tinieblas y las sombras de muerte, sobre Cristianismo, racionalidad, orientalismos y el carácter benéfico de la religión.

dioses hindúes, con sexo, brazos, de todo. arriba, Kali

dioses hindúes, con sexo, brazos, de todo. arriba, Kali

Al acercarse a una doctrina, uno tiene que limpiarse bien los ojos, no vaya a ser que por las impurezas que están dentro de nosotros, no veamos el bien que yace ahí o que lo distorsionemos. Uno no va a ver cómo es que el otro está equivocado, uno va a ver qué dice, luego pondera y ve lo que hay de verdadero, lo que hay de enseñanza para uno y, finalmente, si es el caso, lo que hay de falso. Para eso tenemos inteligencia y para eso hay maestros impresionantes en la historia y, por encima de ella, el Maestro que se nos revela, nos crea y redime. Si se trata de doctrinas que han sido la sustancia social de admirables civilizaciones, compuestas por miles de millones, por milenios, no se puede pensar que sean puras patrañas insostenibles: algo tienen que tener que han elevado a tantos hombres y han dado lugar a verdaderos ejemplos de generosidad y de tantas otras virtudes.

Ciertamente, un amalgama como el Hinduismo, que afirma la divinidad, que mueve al hombre a la vida interior, a una confraternidad cívica fundada en lo anterior, a levantar todo un régimen existencial omniabarcante, inspirado totalmente en la fuente del sentido, ciertamente, digo, compañeros, es algo a apreciarse. Ustedes, o alguno de ustedes, pueden decir y no es carente de validez que algo malo tiene que tener, por el sistema de castas, que lanza a la maldición a unos desventurados, con total rigidez; o que lo tiene dado el lugar que le dan a las vacas o al Ganges; o por el panteísmo o el quietismo o el politeísmo o las bacanales de los festivales de la diosa Kali o por tener dioses con sexo, Kali la fémina, Shiva, el varón.

Es verdad, luego veremos varios rasgos del Hinduismo que no parecen muy encomiables, aparte de éstos que acabamos de enumerar. Ahí no hubo mucho discernimiento racional, no tuvieron a los filósofos griegos ni a los libros sapienciales hebreos, que les mostraran que la divinidad es trascendente, personal y espiritual, es decir, inmaterial, sumamente perfecta. Pero eso no quita un ápice de lo que tiene de bueno y elevado.

Después de todo, la estulticia no es una exclusividad de la India. La Biblia está llena del “celo de Dios”, referido al ímpetu impresionante que se puso, por parte del Espíritu, de los hagiógrafos y de los líderes del pueblo, en evitar que Israel se mezclara con los politeísmos, las idolatrías, los ritos de prostitución sagrada, filicidio, etc., que abundaban en todos los pueblo vecinos. Cortés se encontró con eso en México. Están los animismos de África, esos mismos trasplantados a América (a países “desarrollados”, como Uruguay, Brasil, Argentina, Venezuela, EE.UU., Cuba, Colombia y paremos de contar). Celtas y demás germanos no se elevan muy por encima de los africanos. Hasta el pueblo helénico y el romano estaban llenos de estas fantasías de muchos dioses. En verdad que los filósofos griegos y los profetas hebreos son casos muy especiales; y nos parecerían tales, si no fuera por el triunfo de Cristo: es decir, veríamos más claramente su importancia, si no estuviéramos habituados a ver el mundo con los ojos, el telescopio, el microscopio y las demás herramientas con que nos armó desde chiquitos la Iglesia.

Volvamos a nuestra amiga, la que lo “sabe” “todo”: ella no estaba tan mal, si nos ponemos a comparar y si consideramos la presión del

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mundo de hoy. Recordemos que ese “todo” es algo que puede significar muchas cosas. Sin las armas adecuadas, la avalancha se puede llevar a cualquiera. Ahora parecen más impresionantes las hazañas de Platón y las de Moisés, las de Aristóteles y las de Isaías, las de Parménides y las de Samuel, las de Sócrates y las de Abraham. Lo que nos legaron es asombroso. Jesús nació y eso es lo que se llama “la plenitud de los tiempos”. Esa plenitud llegó en un momento providencial, obviamente: Roma daba leyes comunes a una parte inmensa del mundo, desde Mesopotamia hasta España; Grecia daba pensamiento con qué enriquecer la Fe; Filón, judío platónico alejandrino, se había aventurado a la síntesis de Revelación y filosofía. Todo apuntaba a una plenitud nunca antes conocida. Con Cristo llegó. Ahora, esto nos ayuda a apreciar lo que tenemos. Pero, también, a no despreciar a los demás, a ver que sin semejantes coincidencias providenciales, sin el “celo de Dios”, las leyes romanas, del fermento del imperialismo, del egipcio y asirio al de los griegos, sirios, cartagineses, etc., sin la filosofía clásica, sin todos estos factores juntos, y sin que, en medio de ellos, surgiera tal Redentor, nosotros estaríamos más perdidos que cualquier otro. Hay que respetarlos, ver lo que tienen de bueno, ver cómo las verdades que portan son reflejo, pálido o fuerte, del Evangelio, al que pertenece toda verdad. Luego, una vez reafirmados en lo que valen los talentos recibidos, despertamos: tenemos una gran Luz… para iluminar en las tinieblas y en las zonas en las que reinan sombras de muerte…

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