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El alma y la ciencia

Comte

Augusto Comte, uno de los padres del cientificismo contemporáneo, quiso funda una Iglesia, pero de la ciencia

Cuando estaba empezando a dar clases de filosofía en la universidad, luego de dos años en un colegio, en el segundo semestre de 18 que pasé en la Universidad Metropolitana de Caracas, allá, por el año 99, tuve una de esas experiencias que te marcan como profesor, con dos estudiantes. Después de pasarnos unas clases hablando sobre el alma, mostrando que era bastante evidente para cualquiera con capacidades para conocer que existe el alma (después de todo, los pájaros no se asustan por el espantapájaros), mucho más para un ser con inteligencia, como el hombre, vinieron y me dijeron que yo era un empírico, que mi discurso no tenía en cuenta la ciencia. Tuve que echarme para atrás y reorganizarme, para retomar la ofensiva. Tuve que mostrarles que los que se hallaban fuera de la racionalidad eran ellos, no yo. Tarea que, en sí misma, no es muy difícil; pero que, hoy en día, requiere de potentes esfuerzos: para empezar, por el cientificismo; en segundo lugar, porque ese cientificismo de hoy es más bien materialista; y, en tercer lugar, por lo que Voegelin llama “analfabetismo cultural”, es decir, por la brutal ignorancia en que se mueve el hombre de hoy, que lo hace presa de cualquier manipulador.

¿Por qué digo que es muy fácil refutar a quienes quieren que un estudio sobre el alma sea científico? Muy fácil, porque lo es: 1) la ciencia tiene fundamentos, los mismos no pueden estar dentro del ámbito de estudio de la ciencia, luego no son “científicos”, luego, la ciencia, según lo que pretenden los cientificistas, queda sin fundamento ninguno. Desde otra perspectiva: 2) decir “lo único racional es la ciencia; luego, si no es científico, no es racional” es un verdadero problema, porque ese criterio de racionalidad, esa pretensión, no es ella misma científica, por lo que se auto-devora, se invalida. Si se establece el criterio: “lo único racional es la ciencia”, entonces no hay nada racional, porque lo que eleva a la ciencia no es parte de ningún objeto de la física, la química, la biología, la geología, etc. ni producto de ninguno de estos estudios. Una vez más, se está en un ámbito ideológico. A mí me da un poco de lástima cada vez que discuto con uno de estos adoradores de la ciencia de hoy, porque es muy difícil que vean el engaño y, porque, gracias a eso, hay muchas realidades fundamentales que caen: Dios, el alma, la dignidad humana, la moral natural, etc. El mundo se hace un pequeño infiernito. Pero es hora, entonces, de meterle un poco de mano a lo de los fundamentos de la ciencia, para que veamos de qué se trata y, así, más nunca nos inquieten los cientificistas.

Un punto previo, antes de hablar de lo de los cientificistas, es éste: una cosa es un científico y otra un cientificista. Un científico es uno que, por ejemplo, observa prismas y cambios en rayos de luz, etc.: es un estudioso de la óptica. Uno que dice: “la realidad es luz, lo dice el físico” se mete en otro ámbito. Uno estudia el objeto de la ciencia, con los métodos que el mismo permite, que le son adecuados, etc. El otro se sale de ahí y, desde afuera, convierte a ese objeto en la medida del universo. Puede que un físico verdadero –distinto de uno que se presenta como tal al público– sea cientificista, pero eso es un mero incidente, es algo así como ser blanco y gordo: porque uno sea blanco y gordo no quiere decir que blancura y gordura sean lo mismo.

Muy bien, entonces, lo relevante es ver que la ciencia tiene fundamentos y que, por tanto, no puede ser la medida de la racionalidad ni lo único racional ni, mucho menos, su objeto todo el ámbito de lo real ni nada por el estilo. ¿Cómo sabemos que la ciencia tiene unos fundamentos, digamos así, “meta-científicos”, o sea, que están más allá de la ciencia? Por una cuestión muy fácil: la ciencia es discurso racional y la razón necesita de unos principios. Es decir, razonar es pasar de cosas que conocemos a las conclusiones que podemos sacar de esos conocimientos. Si no hay unos conocimientos que se obtengan por captación, que no vengan de esa actividad de paso de lo conocido a las conclusiones, entonces no hay nada en que se apoye la razón. Pero eso es muy falso, porque, cuando decimos, por ejemplo, que el hombre es persona, eso no proviene de ningún  razonamiento, sino de la captación, de la experiencia más íntima, la que se refiere a eso que somos. A partir de ahí, sacamos conclusiones; y, sin eso, esas conclusiones serían imposibles. Otro ejemplo, más fundamental: porque captamos la realidad, cada cosa, podemos razonar sobre ella; si no captáramos la realidad, nuestra mente estaría en blanco y no habría, en absoluto, nada sobre lo que razonar. Entonces, es muy obvio, si la ciencia es razón y es conocimiento de la realidad, ella requiere de esos “principios”, esos conocimientos fundamentales y que obtenemos por captación, sin los que es imposible el razonar. En los próximos artículos, veremos los fundamentos más específicamente científicos y por dónde vinieron, en la historia del pensamiento, estas deviaciones del cientificismo.

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