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Ratatouille, la lucha entre la avaricia reduccionista y la nobleza auténtica

Ratatouille: Remy, anhelos de nobleza elevada... en lo común y cotidiano

Ratatouille: Remy, anhelos de nobleza elevada… en lo común y cotidiano

Qué fina es la película Ratatouille, ¿no es verdad? Es divertida y profunda. En ella, hay más de una lucha, más de un esfuerzo, más de un camino arduo por obtener bienes muy apreciables; incluso hay lucha entre el bien y el mal. Ésta no es la más importante, es la segunda; la más importante se da, entre el bien y el mal, sí, pero en el corazón de un hombre: el gran Ego, personaje memorable. Las dos luchas están en estrecha relación, sin embargo. Al final, desde un cierto punto de vista, todos pierden, menos el inspector sanitario, que cierra un restaurant famoso. De lo demás, Skinner pierde, como Remy, Ego, Linguini, Collette, hasta el espíritu de Gusteau. Una tercera es la lucha de Remy por alcanzar una vida más digna, una vida “humana”. Ésta es, en mi opinión, exactamente paralela a la que se da entre el bien y el mal.

Vamos a verla más de cerca. Skinner es un capitalista de pura cepa, un fruto selecto del capitalismo. Los que idearon esta trama pensaron muy cuidadosamente los medios de expresión: Skinner quería convertir a Gusteau, el restaurant, en una empresa productora de comida congelada, de burritos y corn dogs, comida muy buena, no hay duda, pero “popular”, nada FINO. Buscaba la producción masiva, no la calidad. Por eso, Gusteau se convierte en su adversario; y tiene armas, en esta batalla post mortem, para enfrentar al enemigo. Su heredero, un muchacho con una bonhomía de enormes proporciones, Alfredo Linguini, el menos preparado para la batalla; y el más imprevisto, el horror de los restaurantes: una rata, ¡una rata chef! NO, una rata que, en las palabras autorizadas del gran Ego, era nada menos que “el mejor chef de Francia”. Es una lucha entre el capitalismo y la calidad verdadera. Entre la producción masiva, para llenar las cuentas, sin importar mucho los medios, y una visión de la vida en que las personas y los bienes más altos caben y son de la mayor importancia, ellos son el ligamen de la sociedad y las ganancias vienen como consecuencia del servicio a los demás, de la contribución al bien del todo social, que se antepone a todo lo demás.

Hablemos de esta segunda visión: se trata de una en la que la sociedad, red de relaciones, es, a la vez, un todo, con bienes y cualidades propias, y una red de partes, con bienes propios reconocidos, pero que se subordinan al bien social, que no puede servirse, sin embrago, desconociendo que ese todo se conforma de partes, personas e instituciones, órganos de acción de la comunidad. Ratatouille no habla directamente de estas cosas, pero sí de personas y bienes superiores; y el villano, claramente, es un capitalista, un individualista. Como no se trata de un comunismo, porque éste no admite bienes distintos de lo económico, tampoco, es decir, puesto que éste es tan reduccionista o más que el capitalismo, no se trata de nada similar.

He ahí una clave para la película: es una afirmación de la calidad, de lo alto, de lo divino en lo humano. Remy se realiza, logra superar la vida de las ratas, enemigas de Gusteau, tanto como Skinner. Ego descubre que, más que el perfecto restaurante, con el perfecto menú, con los platos perfectos, lo que se debe es respetar a los hombres, pues “cualquiera puede ser un gran chef”: la grandeza puede

El Gran Ego: descubrió lo que ya sabía Santo Tomás, la grandeza está en el último rincón, porque, dice Tomás, todo participa del Ser sumo subsistente

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venir de cualquier parte: es algo como Santo Tomás, “la verdad de donde venga”. Linguini y Colette realizan su amor. La inmensa familia y el clan del papá de Remy logran abastecerse de la fuente imperecedera de comida y sin peligro… y de la mejor calidad… ésa es parte de la virtud del logro de Remy. Y, por eso, de un plumazo, el amor, las ambiciones de nobleza y la vuelta a la vida de infancia, a las raíces, a los principios, vencen en todas las batallas.

Lo más poderoso de la película es esto. Los buenos lo son de verdad. Los buenos luchan por cosas cotidianas, por la grandeza en lo común. Y lo que está en juego es la humanidad. Lo que está en juego es lo noble. La sociedad de los hombres. Y se vence por un poco de fuerza, sí: las ratas, que eran muchas, logran someter al inspector y a Skinner. Pero eso no dura. Se vence, porque el bien es, de algún modo, invencible en los que lo aman de verdad y se aferran a él, aunque sea de manera tardía, como el otrora soberbio Ego. Gusteau cierra y lo que pueden montar es un micro-restaurant sin pretensiones mundanas. Pero bello y con clase.

Así, Ratatouille es una recomendada de todos los tiempos de este blog. Porque Ratatouille es una rebelión de la esencia. Un poquito de Dios más explícitamente y sería esencia pura, ancla inamovible… en estos tiempos de pesadilla, estos tiempos de revolución.

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