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Sobre vicios, adicciones y remedios, esclavitud y libertad

Una serie en la que se trata sobre qué son el vicio y la adicción (1) y, más importante, se trata de los problemas con la pornografía y la lujuria (2); el alcohol, las drogas y el  cigarro (3); la irascibilidad (4); televisión, videojuego e internet (5 y 6); el juego, las apuestas (7);

Los borrachos de Velázquez - Ejemplo edificante

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increencia y relativismo religioso (8); y, finalmente, un artículo conclusión, sobre la virtud, como libertad en el Infinito y el vicio como negación (9). Espero que la disfruten y que les ayude a elegir caminos de libertad y paz o a ayudar a alguien a abandonar la esclavitud, la negación y las turbulencias. Mientras tanto, les adelanto este párrafo, del artículo 1°, en el que se introduce toda la serie:

“Conviene ponerse alerta respecto de dos puntos prácticos preliminares. El primero es que, como todo lo que se refiere a la moral, según dijo Aristóteles al comienzo de su Ética a Nicómaco, al escribir sobre esto, queremos buscar lo práctico, es decir, acercarnos y acercar al bien, a la felicidad, a ese Bien que, aún sin saberlo, todos añoramos, sólo por ser hombres. Por eso, quiero que esto sea una ayuda para que nos pongamos muy en guardia, para poder ser más felices. A lo mejor, una confidencia sirve para mostrar mis intenciones. Yo siempre fui una persona compulsiva, siempre obré sin mucho razonamiento, llevado por pasiones. En una época de mi vida, fui llevado a la filosofía por una fuerza superior a las mías, que usó primero a mi hermano y luego al encanto mismo del objeto de este amor existencial… la filosofía, pues. Ahí, poco a poco, mis pasiones me llevaron como arrastrado, por caminos nobles, gracias a Dios. Vi el bien con mi inteligencia y lo amé con todo mi ser, pero mis apetitos no estaban educados, no era realmente racional, porque no sabía cómo serlo. Antes de eso, cuando el bien era algo como una fe vaga e infantil, mi pasionalidad desordenada me llevaba a ser una especie de receptáculo de vicios. Yo era uno de ésos como proclives a ello. Más tarde en mi vida, me di cuenta de lo que era la madurez verdadera, que no es sólo ver el bien y amarlo y realizarlo, a lo loco, sino conformar el alma a él: que sólo así es que se realiza realmente. De algún modo, buscaba con todas mis fuerzas el bien, pero era vicioso en un sentido: mi alma estaba muy desordenada. Por eso, tenía muchos problemas y muchas explosiones de ira. Hay que tener cuidado con esos caracteres compulsivos, exageradamente impulsivos y pasionales. Es bueno ser apasionado, ojalá yo siempre lo sea, pero no ser uno de emociones descontroladas e imaginación presta al vuelo anárquico, la razón debe ser quien manda. De otro modo, nuestra vida es presa de una pequeña frustración: todos queremos ser libres, vivir conforme a lo que queremos,

Un iracundo cualquiera

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a lo que vemos como bueno y realizarlo con una cierta paz interior. El vicioso no es libre, el que se lanza al mal siempre guarda un anhelo de lo que realmente quiere, que no coincide con lo que le da la gana: aunque posea un imperio planetario, en el que hace lo que le plazca, es débil, impotente, dice Platón. El impulsivo no tiene paz, vive de turbulencia en turbulencia, aunque ame el bien con todas sus fuerzas. Cada vicio particular tiene calamidades infinitas, pero todos comparten estas dos catástrofes existenciales”.

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